“No podía perdérmelo”. Cuando Polícrates arranca con rotundidad, una mirada tuya esperando el resto del argumento le reafirma: te tiene atrapado.
“No podía perdérmelo”. Cuando Polícrates arranca con rotundidad, una mirada tuya esperando el resto del argumento le reafirma: te tiene atrapado.
Después de tanto tiempo, vuelvo a tropezar con Polícrates en Salzburgo. Por él no han pasado los años. Se lo digo y replica incisivo (en el carácter veo que tampoco ha cambiado): «Ni tampoco por aquí. ¿Es que ha vuelto Mortier?».
Por diversas razones, empezando por la duración o el tema de trasfondo histórico, a veces farragoso, Las vísperas sicilianas es una de las óperas poco programadas de Verdi, a la que a veces se recurre en versión concertante, como sucederá en Madrid en la próxima temporada.
No hubo deserciones en el patio de butacas, y eso sirvió para aplacar los nervios de Gerard Mortier, que se movía inquieto por la sala después de la imponente campaña de marketing montada en torno al estreno mundial de The Perfect American, la ópera de Philip Glass (Baltimore, 1937), que Mortier utilizó como baza de peso entre las credenciales que avalaron su llegada a Madrid.
Benjamin Britten (1913-1976) situó en el mapa Aldeburgh, la tranquila localidad británica del Mar del Norte. Una villa de pescadores, desconocida hasta que el músico instaló allí su residencia en 1938, convirtiéndola en domicilio habitual hasta su muerte.
Tanto tiempo privados de ver una de las mejores óperas de Giuseppe Verdi, ha hecho que los españoles hayamos llegado a concebir un Don Carlo ideal. Tanto, que tal vez no exista.
Los numerosos huecos que la Turandot de la Deutsche Oper berlinesa presentaba este miércoles podrían deberse a varias razones.
La facilidad con que Plácido Domingo se proyecta en la ópera francesa es de todos conocida. Como también lo es esa especial fascinación por la obra de Jules Massenet (1842-1912), que llegó a su vida artística en 1969, cuando debutó como De Grieux en un montaje de Manon del Metropolitan neoyorquino.
Descendientes de Francis Poulenc y Georges Bernanos, compositor y libretista, respectivamente, de 'Diálogo de Carmelitas', contra las licencias del director ruso.
Con Peter Grimes, llega al Nuevo Teatro Nacional de Tokio el primer título británico de su historia.