Oda al autismo escénico del ‘conde Sokolov’
Grigory Sokolov, piano. domingo, 15 febrero; 19 h. Sala Iturbi. València
El genio ruso del piano imanta un año más al Palau de Valencia con un primer Beethoven y un Schubert tardío

Grigory Lipmanovich Sokolov (San Petersburgo, 1950), uno de los pianistas vivos más venerados del planisferio, no falla en víspera de Fallas. Que sus acólitos ‘che’ son legión quedó demostrado una vez más el pasado 15 de febrero en el Palau de la Música de Valencia.
Agotados los calificativos, la tarea del crítico resulta aquí aún más baldía si cabe. Nada de lo que diga en adelante sobre el solitario solista aporta novedad a lo que todo melómano ya sabe: Grigory llegó, tocó y venció. Y al rato, volvió a escena. Sokolov no respeta los 90 minutos reglamentarios y raro es el recital que no incluya un tercer tiempo, una traca final de propinas varias.
El más ausente de los pianistas del olimpo terrenal y el que a su vez más magnetiza y conecta con el público. Y todo pese a su deliberada sobriedad escénica: exquisitamente correcta, calculadamente distante. En la ciudad de las mascletás se hace silencio cuando el peterburgués entra en la Sala Iturbi. Apenas un segundo de espera y ya suena la Sonata nº 4 en Mi bemol mayor de Beethoven. En esta ocasión le costó quizás algún minuto de más hechizar al respetable. Presentó los dos temas canónicos del Allegro y llegó el desarrollo. En este preciso impasse –¡eureka!– Sokolov empezó a sonar Sokolov y Beethoven a Beethoven. Despojado de su academicismo formativo, el intérprete empezó a destilar, gota a gota, al genio de Bonn.
El opus 7 de Beethoven dista de ser la más conocida de sus 32 sonatas, pero sí una de sus más extensas. Su número de opus y datación (1796) denotan el debut compositivo, pero nada es incipiente ni epidérmico en las sabias manos de Sokolov, que descubre y convierte en madura cualquier obra de juventud que lo merezca. Madurez y juventud, por otra parte, resultan conceptos relativos: 26 años, los inicios de Beethoven; 31 años, el ocaso de Schubert.
El verdadero punto de inflexión llega con el segundo movimiento (Largo, con espressione). Hipnótico en el sentido literal de la palabra, este pasaje en concreto parece datar de su último periodo. Por momentos la interpretación escuchada invita a pensar que el pianista conoce mejor a la criatura que el propio progenitor. Como si el joven Beethoven no fuera tan consciente de su genio como Sokolov, 230 años después de su primera audición. Ese enigmático diálogo de frases entrecortadas, suspensas en el vacío, que derivan en acordes ajenos, adquiere de repente una lógica apabullante. Sublime su uso del pedal para articular un discurso revolucionario, más propio de finales del XIX que del XVIII. El allegro del tercer tiempo resultó igualmente prodigioso. El primer y último movimiento, los Ecksätze que llaman los alemanes, me trajeron a la memoria el Tema y variaciones de la Sonata a Kreutzer, ignoro si con o sin razón de ser.
Apenas un aplauso breve, que el mismo Sokolov se encargó de ahogar. Sin miramientos a la ovación dispensada, atacó de súbito las Seis bagatelas op. 126. Un spagat de 30 años. 120 opus después, Beethoven rubrica una partitura menos modesta de lo que el título sugiere. Permítanme otra licencia o dislate: las Bagatelas op. 126 son a Beethoven lo que los Intermezzi a Brahms, cantos de cisne pianístico camuflados de accidental pasatiempo. Presuntas obras menores. Presuntas. Sokolov despachó las exquisitas miniaturas con el virtuosismo y la sabiduría que su escritura no oculta. Sin solución de continuidad, extrayendo todo el petróleo que se le puede sonsacar al Beethoven tardío, que no es poco. Y así llegamos a la desconcertante sexta, con ese súbito arrebato final, apenas una rabieta, un último estertor, que descoloca al más atento de los oyentes.
Sabias incursiones, hábil manejo de las modulaciones, descomunal uso de la dinámica, desairada forma de escupir las notas picadas. Cada vez que el pianista ruso se empapa de un repertorio concreto, trillado o no, halla algún detalle que muchos predecesores y coetáneos pasaron por alto. Como si el repertorio se pudiera reinventar a todas horas sin necesidad de cambiar las obras que lo conforman. La lógica abrumadora que desprende su oficio no está reñida con la mística que durante largos lapsos de tiempo alcanzan sus interpretaciones. Solista y público levitamos entre dos mundos aparentemente antagónicos: lógica discursiva y mística emocional.
Ni la precipitación en el aplauso (hasta en dos ocasiones erraron los palmeros precoces) ni la fugaz impertinencia de algún móvil díscolo perturbaron al maestro. Sokolov es el artífice de la sacralidad, aunque permanezca impasible ante ella. Su interpretación no conoce hoy aspaviento alguno, aunque remueva todas las fibras. En un mundo abonado y abocado al impacto permanente predica desde el mutismo, desde la evanescencia, desde la absoluta austeridad escénica. Su única divisa parece ser la célebre y enigmática cita de su paisano Fiodor Dostoievski, Красота спасёт мир (“la belleza salvará al mundo”). Cuando Sokolov percute el piano, todo lo previo se torna accesorio.
A diferencia de la Sonata número 4 de Beethoven, la Sonata número 21 en Si bemol mayor D960 de Franz Schubert sí es conocida entre el gran público. Obra habitual en el repertorio de muchos solistas y preciado objeto de la discografía moderna. Más extensa que la de Bonn, esta última obra copó íntegramente la segunda parte del programa.
Debo discrepar ligeramente de las notas de mi colega Justo Romero. Tras la lectura de Sokolov no me atrevería a calificar de risueña la última sonata de Schubert. El solista no perdonó ni una repetición del dilatado primer tiempo (Molto moderato), que abre una ensoñación y contrapone un distendido y sí más juguetón segundo motivo. Me quedo sin embargo con el segundo movimiento. Como también sucediera con el segundo tiempo de Beethoven, Sokolov exploró en toda su hondura, en todo su abismo, el Andante sostenuto. Inmersión pura. Partiendo de un nimio motivo se forja una titubeante melodía, que el compositor susurra al intérprete y este reverbera a la sala. La conjetura íntima cobra visos de confidencia compartida. El susurro pasajero elevado a la categoría de exaltación visionaria.
Ensimismado, schwermütig diría un vienés decimonónico, intérprete y audiencia asisten a la génesis de una revelación, una visión insólita que sigue causando asombro por muy conocido que sea el pasaje. Un motivo que alterna y aúna misterio, lógica discursiva y un hálito de resignación. Exquisito cruce de manos esbozando un fraseo casi etéreo. Por muy desinhibidos que suenen el Scherzo y el Presto subsiguientes, la última sonata de Schubert no llega a recuperarse ya del impacto letal del Andante sostenuto.
La partida del ferry Valencia-Palma obliga a desalojar el Palau de la Música Valenciana antes de que el coloso ruso dé rienda suelta a su particular barra libre de bises. Interrumpimos, contra nuestra voluntad, la crónica antes de hora. ¡Cuántas cosas no suceden en los minutos de descuento! El Palau aplaude a rabiar y en el puerto sueltan amarras. Larga vida y arte al ‘conde’… Y media hora más de margen a la naviera.
PS.
A título informativo adjuntamos la relación de propinas que el maestro Sokolov interpretó finalizado el programa oficial: Chopin, Mazurka op. 68/2; Brahms, Rapsodia op. 79/2; Brahms, Ballade op. 10/3; Chopin, Mazurka op. 30/2; Chopin, Preludio op. 28/20; Scriabin, Preludio op. 11/4.
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