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Cómo ser pobres, una guía para compositores y para ociosos interesados



comentarios

  1. Muy brillante y acertado el artículo. Y estoy de acuerdo en todo lo relativo a la pobreza monetaria. Lo malo es que no hay una definición inequívoca de “compositor de tradición clásica-contemporánea”, sino una multitud de individuos que representan multitud de estéticas, técnicas, entornos sociológicos y talentos diferentes. Al final los criterios para etiquetar a alguien como “compositor de tradición clásica-contemporánea” los acaba imponiendo quien detenta el poder y el presupuesto. Si se prima demasiado a unas pocas tendencias estéticas y a un grupo reducido de elegidos, se acaba aburriendo y engañando al público. Se le aburre porque este intuye que una y otra vez está escuchando “más de lo mismo” y se le engaña porque se le quiere hacer creer que eso es “lo mejor y más interesante de la creación actual”. No es extraño que con el paso de los años y las temporadas de conciertos aparezcan compositores a los que “se les tiene ganas” por sobrevalorados y “pelmazos” más que por raros o provocadores (que por definición no pueden serlo). Quizás algo de esto haya pasado en España, quizás desde las instituciones públicas se ha insistido demasiado en ciertas estéticas o entornos creativos que están agotados, quizás se ha omitido o silenciado a otras más vitales y relacionadas con el presente. Si es así, muy pocos compositores habrán fallado en su labor ante la sociedad, y los que tengan parte de la responsabilidad no pueden ahora, en la época de las vacas flacas, intentar hacer piña con los que en las épocas de bonanza también eran pobres.

  2. No creo que el autor de un artículo publicado en un medio (y menos aún en Internet) deba responder a los comentarios libres de los lectores. Considero que cualquier debate en un medio público solo tiene sentido si es de interés para el lector. Pero hay una punzadita en el comentario que firma Adolfo que me obliga a puntualizar lo que considero que son alusiones personales (y perdón si me equivoco).
    Concluye Adolfo su escrito con que “los que tengan parte de la responsabilidad no pueden ahora, en la época de vacas flacas, intentar hacer piña con los que en las épocas de bonanza también eran pobres”. Bien, como he ejercido una responsabilidad durante un tiempo y, quizá, se puede considerar a tenor del comentario, que “hago piña…”, quisiera precisar. Como compositor, no hago piña ahora, formo parte de esa piña desde hace al menos cuarenta años. Cuando me tocó ejercer mi responsabilidad en un centro público, lo hice con los claroscuros inevitables de toda acción humana pero no tengo nada de qué arrepentirme en el capítulo de excesos. Añado ahora, que mi actual responsabilidad es la de periodista musical (además de compositor, siempre hay un además), y no es una actividad de aluvión, la ejerzo intermitentemente desde el año 1982; y mi responsabilidad es la de decir cosas que considero necesarias; y mucho más ahora en que hay tanto silencio de los corderos, especialmente en los medios de comunicación. Si hay algo que me irrita es que se considere que haber ejercido una responsabilidad en el pasado me obligue a callar ahora; tengo el suficiente oficio de comunicador como para saber que esta no es una tribuna para ajustar cuentas con nada ni con nadie. Pero quien no quiera ver que la actual crisis sobrepasa arrolladoramente las pequeñas rencillas o simples discrepancias de capillas es que vive en un temor que no estoy dispuesto a que me amordace.

  3. Una de las pocas cosas buenas de esta crisis es haber recuperado a Jorge Fernandez Guerra como periodista musical. Enhorabuena por este artículo. También quiero dar algo de razón a Adolfo, y aunque entiendo el pique que ha motivado la respuesta de Jorge, quizás ese comentario fuese más general que como él se lo ha tomado. He vivido y sigo viviendo esa sensación de la que Adolfo habla: la excesiva repetición de algunos nombres en la muy exigua programación de música actual. Los que acaban siendo “pelmazos”, quizás a su pesar, pueden ser a medio plazo más víctimas que beneficiarios de la situación. Creo que una de las causas fundamentales está en la estrenitis que ha vivido y sigue viviendo este país. La música de creación sólo parece valer si es inédita, y sólo interesa al programador si es de uno de los nombres que suenan. Lo que fuerza a una escritura a matacaballo de los afortunados que se ven favorecidos por la pequeña popularidad, lo que difícilmente redunda en un enriquecimiento de su lenguaje, puesto que se ven forzados a repetirse, y merma el acabado de una obras que tienen su parte artesanal, que requiere tiempo. Tampoco se ofrecen -con la estrenitis- las obras en las mejores condiciones para que se puedan apreciar. Los intérpretes necesitan madurar las obras. Si esto es así com el repertorio tradicional, más aún con las obras de nueva tradición. De este modo no se genera nunca una tradición interpretativa muy necesaria para todos: público, intérpretes y autores. Pero parece que es un desdoro para cualquier festival o ciclo repetir la obra ya estrenada, como si rota su aura de virginidad, careciese de todo interés. Muchas cosas podría añadir a lo que se apunta en el artículo, pero me limitaré a señalar que tengo noticia de lugares en los que el compositor cobra no sólo por los encargos (de los derechos de autor nos podemos olvidar, sólo piensan en ellos los que ignoran las ridículas cifras que suponen) sino por asistencia a ensayos y colaboración con los intérpretes que van a ofrecer la obra. Eso parece lógico, puesto que supone un trabajo extra, diferente del de componer y que sí, sin duda redunda en beneficio del compositor, pero es un beneficio que debiera ser económico además de artístico. Ello no sacaría de pobre a nadie, pero contribuiría a la valoración del creador, y a una cierta solidaridad entre los músicos que cobran y los que se supone que viven del aire.

  4. Parece que tenemos un problema: el eterno ombliguismo artístico-creativo musical. Pero, como dijo Einstein, no podremos resolverlo desde el mismo ombligo en el que nos encontramos desde hace décadas. El artículo de Jorge Fernández Guerra es oportuno y los comentarios adecuados, pero rápidamente nos instalamos en las rencillas, en las capillitas, en el tú más, tan típico, por otra parte, de la vida y del debate político en este país.
    No conozco a muchos compositores que vivan exclusivamente de la composición. Tampoco hay tantos creadores plásticos en España que actualmente sobrevivan con los ingresos que generan la venta de sus lienzos o esculturas.
    No creo que sea ningún agravio, ni ningún decoro, respecto a otros quehaceres artísticos, que los compositores compartan con otras actividades: la docencia, la interpretación, el periodismo, la investigación o la responsabilidad pública en gestión cultural, su pulsión creadora.
    Todavía somos víctimas del sueño romántico.
    Coincido con Adolfo cuando señala que cabría definir y ampliar el concepto de compositor de tradición clásica contemporánea. Es verdad, que este país adolece de tradiciones, trayectorias y revoluciones en este sentido, pero debemos resolver este problema buscando otro nivel de pensamiento, de conciencia y de perspectiva que nos dé a conocer el marco de actuaciones del presente y de las futuras generaciones.
    El tema político lo dejo para otro comentario, porque soy de los que piensa que todos somos responsables de la actual situación de indigencia cultural y musical en España. Gracias,

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