El concierto del pasado 8 de octubre, en vísperas del Día de la Comunitat Valenciana, fue concebido como una celebración dedicada a la propia identidad, combinando el patrimonio local con algunas de las grandes páginas del repertorio sinfónico español y universal.
La Marcha burlesca de Manuel Palau abrió la velada con su carácter genuinamente mediterráneo. No se trata de una marcha al uso. Más bien representa una caricatura repleta de humor, con inesperados contrastes dinámicos, en la que Palau combina el lenguaje tradicional levantino con algunos modernismos instrumentales de tintes impresionistas, fruto de sus estudios en París con maestros como Maurice Ravel y Charles Koechlin. Francisco Valero-Terribas, quien en el último momento sustituyó al titular de la OdV, Alexander Liebreich, asumió la responsabilidad de un líder musical y condujo a la orquesta con gesto preciso y seguro, no solo a través de esta breve página inaugural, sino a lo largo de toda la velada.
Adentrándose en la única obra que dirigió con partitura, a saber, el Concierto para piano y orquesta de Eduardo Montesinos, mantuvo el tono riguroso y eficaz de su lectura. La inclusión de este concierto en el programa constituyó la apuesta más significativa frente a la enorme popularidad de las obras de Ravel o Falla. Montesinos combina en su versión revisada de 1996 elementos del jazz y los ritmos latinos con una estructura concertante de tradición clásica, transformando el programa en algo más que un mero ejercicio de nostalgia. La interpretación del pianista Carlos Apellániz fue uno de los puntos fuertes de la tarde, combinando virtuosismo, claridad rítmica y sensibilidad para transitar entre lenguajes musicales distintos. Su participación dio protagonismo a una obra poco frecuente en el repertorio habitual y contribuyó a que la recuperación de Montesinos tuviera auténtico interés musical.
La segunda parte reunió una selección de las Suites n.º 1 y 2 de El sombrero de tres picos, de Falla, y el célebre Bolero de Ravel. La elección aseguraba un cierre de gran atractivo para el público. En El sombrero de tres picos, la combinación de ritmos populares españoles y refinamiento orquestal culminó en la jota final, protagonizada por una orquesta inspirada y centrada en su labor de conjunto. El Bolero planteaba un reto diferente. Fue aquí donde destacaron el certero control del pulso y la fina graduación dinámica por parte del director, así como las múltiples y acertadas intervenciones solistas de la orquesta.
La interpretación final del himno de la Comunitat Valenciana, con el público en pie y la sala abarrotada, puso el broche de oro a este encuentro con una fuerte carga simbólica: la expresión viva de una memoria cultural compartida y un elemento de cohesión entre el escenario y las gradas.






