Debemos felicitar a la Plataforma JazzEspaña y a la SGAE por acometer el primero de los estudios sobre esta actividad musical, creciente poco a poco en nuestro país desde los años setenta del siglo pasado e incluso antes, dentro de los huecos culturales que se fueron abriendo en la dictadura, en Barcelona sobre todo.
Puede ser la base para un estudio «cuantitativo» que arroje más luz sobre la situación del jazz en España: economía, alcance social, comunicación, profesionalización creciente de los intérpretes… tantos datos por conocer.
El primer gran dato a tener en cuenta es que el 12 % de los españoles decimos ser aficionados al jazz, cantidad que ha ido creciendo en estas décadas desde posiciones muy bajas en el siglo pasado. La cifra es aproximadamente la misma que la del flamenco. Nada mal.
Los datos recogidos son los de 2025. Ya en el pasado verano me propuse compilar todo lo que se publicitaba en Facebook al respecto, de forma voluntaria y, por tanto, poco técnica. Me paré alrededor de los 80 festivales; han sido 127.
Es de agradecer que en este primer estudio se autolimiten: no tienen en cuenta ferias de música popular ni la actividad de los clubes de jazz. Esta segunda es fundamental para conocer el sector, pero complicada de abordar sin medios económicos y personales notables, dada incluso la naturaleza de ese «negocio», a medias entre lo cultural y la hostelería, que ya hizo quebrar, por ejemplo, al Ronnie Scott de Londres en los 90. Ahora, construyendo una fundación, se ha podido separar una y otra actividad.
Las cifras son interesantes: 1.500 conciertos en 15 CCAA y 2 ciudades autónomas, en 44 de las 50 provincias. El alcance es superior al que yo esperaba. Solo Cantabria y Navarra se quedan en 2025 sin festival. Cuidado, puede que haya un problema de denominación de la actividad; me consta que en Cantabria ha sido así. Veremos qué pasa en el próximo estudio.
La mayoría de los recintos —de unos 1.000 «asientos», nada mal— reciben jazz una media de cuatro días de duración (los hay de solo dos días; quizá debiera estandarizarse esa cifra de cuatro días para ser considerado festival). El precio va desde 0 euros a 50; si lo comparamos con el pop, a 150 euros, son just peanuts. La mayoría tienen actividades paralelas —conferencias, exposiciones, proyecciones, etc.— y más del 50 % actividades de formación. Algo que quizá debería ser considerado para dar a una serie de actividades el nombre de «festival».
Julio es el mes rey de los festivales de jazz; octubre-noviembre le siguen a distancia. Influye, obviamente, el aterrizaje de grandes músicos americanos en esos meses también. El invierno es más complicado y allí —USA— tienen un circuito de clubes que hacen en invierno su «agosto», con residencias semanales y quincenales en muchos casos en las grandes ciudades y con dos pases por noche.
En cuanto a los promotores (la palabra «actores» despista un poco), son mayoritariamente públicos, las administraciones, seguidas de asociaciones y empresas. Me sorprende el número tan bajo (12 %) de estas últimas, que, de entrada, tienen más fácil recoger patrocinio empresarial que las asociaciones si no son de «utilidad pública». La financiación, por tanto, es mayoritariamente mixta: pública, privada (patrocinio de empresas y taquilla). Este es, en mi opinión, un punto fuerte en la gestión de esta actividad musical. Muchos de ellos son muy longevos (Barcelona, San Sebastián, Vitoria…).
En número de conciertos se impone Madrid, 320; le siguen Cataluña, Andalucía —que es la CCAA con más festivales: gran longitud de costa, clima, jazz-flamenco, turismo internacional— y el País Vasco.
El público —como bien sabemos— es «muy cafetero», muy aficionado se reconoce en un 48 % de los espectadores. Bien, pero a la larga habrá que renovar mucho el «vestuario»… como vemos por las canas y calvas de los espectadores. Y la audiencia es muy amplia en alcance: el 12 % de quienes asisten a conciertos de música popular, conciertos y festivales.
Entre los artistas, el 75 % dice ser varón, el 20 % mujer y el 5 % otro género. Tengo la sensación de que en la música clásica y coral está más equilibrado este dato, en el folk también. Habrá que poner deberes a los promotores públicos y quizá también a las escuelas de jazz públicas, ayudando a la formación de combos con incentivos a los intérpretes femeninos: becas, ayuda, promoción de sus actividades.
En los grandes festivales, los músicos son foráneos en más de un 65 %. Esto suscita continuos debates entre los músicos españoles, pero nunca se aborda eficazmente.
Venga, me lanzo a la piscina: los poderes públicos tienen que tener en cuenta las leyes de igualdad y mejorar las oportunidades de promoción de la gente que sale de sus escuelas. Quizá una vuelta por algunos países de Europa —Francia, Gran Bretaña, Holanda…— podría aportar algunas ideas al respecto. Estos aspectos «cualitativos» son los que suscitan más debate entre la profesión, los promotores y los aficionados.
Preocupa la financiación. Una cuarta pata vendría bien —merchandising, retransmisiones de radio y TV públicas nacionales y regionales podrían sumarse—, pero, en mi opinión, en este punto llegamos al mantra de la cultura en España: solo el 0,5-0,6 % del gasto público se destina a cultura. Los presupuestos mayoritariamente son ínfimos.
Ahora, por suerte, ya no organizo estas actividades como hice en el pasado, pero a veces teníamos que «hacer colgar» estos festivales de las grandes festividades de nuestras ciudades. A la larga, esto ha sido más negativo que positivo; muchas eran gratis y revertir esa tendencia nos ha resultado muy complicado.
En todo caso, sean bienvenidos estos datos, que quizá deban ser revisados cada año o dos años, y acometer a medio plazo un estudio cuantitativo de esta actividad musical en España. Felicitaciones a JazzEspaña y a la SGAE.






