Infancia y legado del cineasta Krzysztof Kieślowski convergen en este antiguo sanatorio silesiano, hoy santuario de la cinematografía polaca
Con K de Krzysztof Kieślowski
13 años atrás hablamos ya en Notas al Reverso de La doble vida de Verónica y Blanco, 30 años hace de la muerte de su factótum, Krzysztof Kieślowski. Con motivo de esta segunda efeméride retomamos la senda de uno de los cineastas europeos más influyentes del último tercio del siglo pasado. El festival Hommage à Kieślowski, sito en el silesiano retiro de Sokołowsko, alcanzó el pasado 30 de agosto su 15.ª edición. Bajo el sobretítulo de Człowiek na granicy, que en polaco vendría a significar la persona al límite o en la frontera, congregó a varias leyendas vivas de la cinematografía patria como Krystyna Janda, Mirosław Baka y Olaf Lubaszenko, coprotagonistas respectivos de los mandamientos II, V y VI del reverenciado Dekalog kieslowskiano, que vio la luz catódica entre diciembre de 1989 y junio de 1990.

Roman Kieślowski, ingeniero de profesión y enfermo pulmonar crónico, frecuentó por prescripción médica los Sudetes y sus reputados kurort, que hoy pespuntean la frontera polaco-checa. En 1951 recaló junto a su mujer Barbara y sus dos hijos Krzysztof y Ewa, en Sokołowsko, una pequeña población balnearia, especializada en el tratamiento de enfermedades respiratorias, que antes de la guerra llevaba el nombre de Görbersdorf. Allí fijaría su última morada hasta que en 1957 la tuberculosis dictó sentencia. La familia prolongaría tres años más su estancia en Sokołowsko, escenario que marcaría el devenir de este fumador empedernido y que hoy custodia no solo el féretro del padre, sino también el legado fílmico del hijo.
Entre las cintas de Kieślowski desempolvadas este año por el Archivum Twórczości Krysztofa Kieślowskiego destacamos Blizna / Cicatriz (1976), obra a medio camino entre el cine documental y de autor, que supondría su debut cinematográfico en la gran pantalla y en el gran formato. Aún lejos del cineasta que hoy conocemos, muy impregnado todavía por la colectividad del régimen, contiene algunos elementos dignos de resaltar. La cinta permitió a una jovencísima Agnieszka Holland introducirse en la industria cinematográfica polaca con varios cameos, encarnando a la secretaria y compartiendo escenas con Jerzy Stuhr, el que pronto se convertiría en uno de los actores fetiche de Kieślowski.

Pero, sin duda, es el personaje de Stefan Bednarz (Franciszek Pieczka) el que personifica un cambio de paradigma estético y ético. Dividido entre su esfera privada (el hogar conyugal) y sus convicciones progresistas (la dirección de un gran complejo industrial). Kieślowski logra instalar al espectador en la conciencia de Stefan, gracias a un sabio trabajo actoral. Esa ansiedad moral no se exhibe, pero envuelve a Pieczka en cada fotograma, como en la asfixiante secuencia del abandono del perro (último resorte familiar en pos del coche a la fuga) y su inmediata reconciliación (en un plano distante) segundos después. Fogonazos, primeros achaques de un director que no tardará en distanciarse de ese yo colectivo de partido, para centrarse en el individuo en todas sus aristas, fracturas y dicotomías. Tres miembros del staff de Blizna (Michał Tarkowski, Marek Piestrak y Zbigniew Stanek, octogenarios todos ellos) relataron tras la sesión matutina algunas curiosidades del rodaje.
El auge de las salas de cine coincidió con la decadencia de los sanatorios. Sokołowsko superó indemne los seis años de guerra, pero no tanto el paso del tiempo. La fachada norte del principal pabellón sigue hoy a merced de la maleza que asoma por algunas de sus ventanas, mientras el otro módulo se rehabilita a cámara lenta. Apenas cien metros más arriba de la calle Glówna, el cine Zdrowie (cine salud) presenta mejor aspecto. Hablamos de un coqueto y nada pretencioso cine provinciano, sospechamos que centenario ya, que hace las veces de sede del festival. Acoge de tres a cuatro pases diarios, amén de los principales encuentros con actores y directores.
El sábado 29 de agosto se proyectó La doble vida de Verónica, película de culto donde las haya, pero no fue la última concesión kieslowskiana del festival. Del mismo director se pudieron visionar los cortometrajes: Klaps, Concert of Wishes, Refren y Urząd. Rarezas de coleccionista.

Wim Wenders, Wong Kar Wai o Asghar Farhadi son en parte herederos directos del realizador polaco. No nos extrañe, por tanto, que películas tan icónicas como El cielo sobre Berlín, Deseando amar o la reciente Historias paralelas (2026) figuraran también estos días en la cartelera del Cine Zdrowie. La última cinta del director iraní se plantea como una reelaboración del sexto capítulo de Dekalog (No cometerás adulterio, traducida a veces como No amarás). Yo iría más lejos aún: estamos ante una auténtica antología del imaginario kieslowskiano. Que la banda sonora lleve el sello de Zbigniew Preisner refuerza aún más la tesis.
Su presencia en la pasada edición del Festival de Cannes no despertó excesivo entusiasmo, una indiferencia que seguramente no comparten los cinéfilos de Sokołowsko, entre los que me cuento. La nueva cinta de Farhadi sí es un verdadero Hommage à Kieślowski, no a su sexto mandamiento, sino a la totalidad de su filmografía. Con un reparto excepcional (Isabelle Huppert, Vincent Cassel, Virginie Efira y hasta un fugaz cameo de Catherine Deneuve), Farhadi no escatima guiños al director polaco y reelabora algunos de sus motivos recurrentes con sutileza y complicidad. Permítanme nombrar unos pocos préstamos: el espionaje entre ventanas (omnipresente en Rojo), el espionaje vía telescopio o microfónico (Dekalog y Rojo), los destellos de luz, aquí vía la lata de atún, (Doble vida), el errar sin fin del emigrante (Blanco), el único árbol de la carretera (Azul), el nido de ratoncitos (Azul),… Las bien racionadas incursiones musicales de Preisner nos reencuentran con esa atmósfera inquietante, mística, guiada por la casualidad causal.
Compendio de todos los mandamientos, parafraseando y perpetuando viejos déjà-vus. Tratado de voyeurismo aplicado y cotidiano, que ensalza, deleita y denuncia por igual. Retruécano de espías, que son espiados a su vez e intercambian roles. Desde el telescopio hasta los micros ultrasensibles, desde la jornalera fisgona hasta las lecturas proscritas. Metaespionaje doméstico: la ventana, el telescopio, la mirilla. Los tres mirones capturados en un sagaz fotograma-matrioshka. En los personajes de Historias paralelas abundan también más las sospechas que las certidumbres: sombras, cortinas, filtros. El director iraní confunde, yerra y evita al espectador que se aposente en la comodidad moral.
La incomodidad moral es uno de los grandes temas de la escuela de Łódź (Zanussi, Kieślowski, Holland). Pero los dilemas morales cotidianos y su latente munición poética a veces nos desarman. Todos los personajes experimentan virajes sutiles, súbitos o progresivos en el transcurso de este voyeurismo contagioso, hasta el punto de que uno no sabe discernir entre ficción y realidad. Ficción y cotidianidad, mejor dicho, como si en el fondo ambas fueran anverso y reverso de la misma divisa. Como si en lo banal y doméstico se hallara el verdadero gen de la ficción. Quizás lo que se pregunta Farhadi simplemente es: ¿a qué llamamos ficción y cómo nace? ¿Hasta qué punto la ficción no es el resultado de un exceso de observación? Una sobredosis de voyeurismo.
Permítanme todavía elogiar un último aspecto de Historias paralelas. El supuesto borrador de una novela desechada se convierte en el catalizador de la historia. La curiosidad por el borrón seduce primero al exconvicto, quien clandestinamente la filtra a su vecina y supuesta musa, atribuyéndose la autoría. La lectura de ese guion precipita los actos. Ese embrión de novela fallida acaba salpicando a los vecinos. Y la película se convierte en un juego de espejos donde la mutación del yo a partir de la refracción de este acaba por transmutar a unos y otros. El iraní da otra vuelta de tuerca al Doppelgänger y a la coincidencia, dos de los topoi predilectos de Kieślowski. Sugiere, confunde y engaña al cándido espectador. Ignoren las críticas y pequen de voyeuristas como corresponde a todo buen cinéfilo.
Con K de Kafka
A rebufo del centenario de la muerte de Franz Kafka (1883-1924), se multiplicaron las reediciones y homenajes desde todos los ámbitos artísticos. Entre ellas, un nada ortodoxo biopic, Franz (2026), firmado por Agnieszka Holland, que desmonta algunos tópicos sobre el genial literato checo. El joven actor alemán Idan Weiss encarna aquí al pragués universal, en el que es su debut como actor en un largometraje de este calibre.
Rodada en alemán (lengua materna del escritor), yidis y checo, Franz conforma un retrato nada convencional, que empieza al uso y pronto noquea al espectador con licencias (saltos temporales a la actualidad, actores dirigiéndose al espectador y otras extravagancias) que no terminan de cuajar. Lejos de trazar un relato lineal, intercala e inserta flashes de sus novelas (en La colonia penitenciaria, La metamorfosis o El proceso) entre episodios biográficos. Todo ello confiere a alguna de las escenas, valga la redundancia, un sesgo bien kafkiano. No me terminó de convencer el deje ligeramente experimental, pero un segundo visionado quizás despejaría dudas. Weiss se mimetiza con su personaje y rehúye las excentricidades. Holland pone la lente también en la casi draconiana figura del padre y en el vínculo de Franz con el otro sexo.
Franz Kafka falleció en 1924 en las afueras de Viena, en el sanatorio de Kierling, a causa de la misma dolencia que tres décadas más tarde conduciría a Roman Kieślowski al sanatorio de Sokołowsko, no muy lejos de la actual frontera checa.
Con K de Kondratiuk (1936-2016)
Probablemente nada diga al lector el nombre de Andrzej Kondratiuk, otro gran Andrzej del cine polaco, de quien este año se cumplen 10 años de su muerte. (Andrzej Wajda habría cumplido este 2026 cien años, por lo que su filmografía está siendo también revisitada estos meses en todos los confines de Polonia). Pero volvamos a Kondratiuk, un rara avis del cine polaco y todo un esteta del cine de estudio à plein air.

Algunos conciben el cine de estudio como cine de plató. Este cineasta de arte y ensayo amó los exteriores. Aire libre son dos términos que caracterizan algunas de sus cintas de culto. Wrzeciono czasu / El huso del tiempo (1995) lleva por título la película que vimos en Sokołowsko. En ella, el director y actor principal convierte su choza-palafito-hogar, matrimonio, familia y vecinos en parte activa del relato. Un vagabundeo fílmico a través de las cuatro estaciones del año no exento de astracanadas y donde la espontaneidad pugna con el script en cada fotograma. Exquisita fotografía de una naturaleza domesticada (molino, pantano, dacha), pero naturaleza a fin de cuentas.
Agreste, por el contrario, es la naturaleza de los pastos alpinos montenegrinos que, con un realismo sobrecogedor y una fotografía prodigiosa, retrata Córki Góry / To Hold a Mountain (2026). Cine-ojo del bueno, con dos protagonistas femeninas en primer plano compartiendo secuencias con una pléyade de secundarios cuadrúpedos. Este bellísimo documental de Biljana Tutorov y Petar Glomazic probablemente pasa por ser una de las cintas de nueva factura más aplaudidas de todo el festival.

CODA: Con Q de Quay
Los hermanos Stephen y Timothy Quay han sido dos de los rostros más omnipresentes en los distintos espacios del festival. Los gemelos norteamericanos especializados en la videoanimación a partir de marionetas presentaron hasta cuatro trabajos. En una sesión doble programada en el cine Sanatorium se proyectaron Street of Crocodiles y The Hourglass Sanatorium, esta última adaptación de la homónima novela del escritor polaco Bruno Schulz. La factoría Quay logra recrear y redoblar con sus títeres macabros la atmósfera tétrica, hipnótica y onírica del original. Gótica, expresionista, perturbadora, recuerda por momentos a los tests de Rorschach o a las Wunderkammer de antaño. Ningún otro espacio se prestaba mejor para su exhibición que el desvalijado sanatorio de Sokołowsko-Görbersdorf.
Mucho menos tenebre, aunque también dominado por el claroscuro de las instantáneas de Kieślowski, se nos antoja el minidocumental Postscriptum. Ruminations on My Craft. Tomando como punto de partida documentos gráficos cedidos por el propio Archivo Krzysztof Kieślowski, nos adentramos en la infancia y adolescencia del cineasta y sus primeros logros para la pequeña y gran pantalla.
En el apartado de cortometrajes, Macocha (Madrastra), de Adam Porębowicz, se alzó con el primer premio, que recogió de manos de Maria Kieślowska y Marta Hryniak, madre e hija respectivamente del homenajeado director.
Como apunte final, el Archivo Kieślowski custodia un texto mecanografiado con dos variantes de casting para cada episodio de su Dekalog. El casting real y el casting ideal. En este último salen a relucir no pocos actores del star system: Robert De Niro, Robert Redford!… Paul McCartney?… y Fernando Rey!!! Para él habría reservado un rol masculino de su noveno mandamiento. A saber, «No consentirás pensamientos ni deseos impuros».

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