El Liceu repone la ‘Turandot’ de Nuria Espert
Anticipándose a la conmemoración del centenario de la muerte de Puccini, el Gran Teatre del Liceu ha desempolvado la producción de Turandot que inauguró el reconstruido teatro el año 1999, repuesta posteriormente en un par más de ocasiones.

Cortesía del Gran Teatre del Liceu
Gracias a una escenografía de majestuosos decorados (Ezio Frigerio) y a un suntuoso vestuario (Franca Squarciapino), la producción que en su día dirigió la veterana actriz Núria Espert sigue causando una grata impresión. Barbara Lluch, nieta de esta última, fue la encargada de dirigir esta reposición, la cual tuvo el acierto de restituir el desenlace previsto por el compositor y el libreto, enmendando el polémico final trágico introducido en su día por su abuela. Por lo demás, se impuso la eficacia narrativa y un fluido movimiento de las masas corales.
En el plano de los intérpretes solistas, la velada inaugural del 26 de noviembre, Elena Pankratova fue la encargada de dar vida a la temible princesa Turandot, dotando al personaje de un vuelo más lírico que dramático, siguiendo la escuela de la mítica Montserrat Caballé. Michael Fabiano encarnó un príncipe Calaf de nobles arrestos que fue creciendo a medida que avanzó la representación, rubricando así una emotiva interpretación de su popular aria “Nessun dorma” y su dueto conclusivo con Turandot. Vannina Santoni reemplazó con éxito a la anunciada Nadine Sierra en el papel de Liù, dando muestras de un exquisito dominio de las medias voces. Una lástima que una dirección musical poco templada tapara en exceso la dinámica de las voces. Marko Mimica fue un sólido y rotundo Timur, mientras que los ministros Ping, Pang, Pong fueron abordados con acierto y desparpajo por Manel Esteve, Moisés Marín y Antonio Lliteres, respectivamente.
La dirección musical de Alondra de la Parra fue quizás el punto más flojo de la velada. De gesto enfático, la directora mexicana ofreció un lectura de rodillo y brocha gorda, ajustada en los tiempos, salvo leves desencajes entre foso y escena, pero poco atenta a las sutilezas tímbricas y discursivas que Puccini volcó en la orquestación de su partitura póstuma. Las fuerzas estables de la casa, orquesta y coro, rindieron a un buen nivel, este último reforzado por la sección infantil del Orfeó Catalá.
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