Un minuto de silencio dedicado a las víctimas del accidente ferroviario, únicamente interrumpido por un móvil que tardó en apagarse, fue lo que el pasado viernes precedió al concierto de la Filarmónica de Londres en el Palau de la Música de Valencia. Inmune al molesto tono de llamada, el público se puso en pie para expresar su solidaridad con los familiares y allegados de las víctimas y heridos.
Tras el emotivo homenaje, la Filarmónica de Londres abordó un programa que reunía dos universos románticos aparentemente muy diferentes, todo ello bajo la batuta de Edward Gardner. A saber: el refinamiento y la densidad contrapuntística de Brahms y el apasionamiento dramático de Chaikovski.
El Doble concierto para violín y violonchelo del primero permitió apreciar desde el inicio una de las principales virtudes de la formación londinense: su extraordinaria compenetración. La orquesta sonó como un conjunto compacto y homogéneo, pero sin perder la flexibilidad necesaria para adaptarse a las exigencias expresivas de la partitura.
La labor de Edward Gardner resultó especialmente destacable en el control de las dinámicas y en la regulación de los planos sonoros. Supo encontrar el equilibrio entre la masa orquestal y los dos solistas, permitiendo que, incluso en los pasajes más delicados, en los que la música se replegaba hacia el piano y el pianissimo, el violín y el violonchelo pudieran expresarse con absoluta libertad. La presencia de la violinista Julia Fischer y del violonchelista Daniel Müller-Schott ofrecía garantías de solvencia técnica y musical. Fischer, de sonido refinado y gran capacidad expresiva, y Müller-Schott, con su instrumento de voz profunda y cálida, representaron dos aproximaciones complementarias al lenguaje brahmsiano en un diálogo vivo y perfectamente estructurado. Más allá de este diálogo, se hizo perceptible el entramado de voces, motivos y respuestas que constituye una de las señas de identidad del lenguaje de Brahms.
La segunda parte del programa, con la Sinfonía Manfred de Chaikovski, nos trasladó a un universo expresivo radicalmente distinto. Se trata de una obra singular dentro de la producción del compositor ruso, tanto por sus dimensiones como por su planteamiento literario y psicológico. Inspirada en el poema homónimo de Lord Byron, la sinfonía tiene como protagonista a Manfred, un personaje profundamente atormentado por el sentimiento de culpa, el remordimiento y la pérdida irreparable de Astarté, la mujer a la que amó en una relación prohibida, marcada por el incesto. Manfred es el arquetipo del héroe romántico: un individuo solitario, enfrentado a sus propios demonios, que busca inútilmente el olvido y la liberación de una conciencia que lo condena. Ni sus conocimientos sobrenaturales ni su poder sobre las fuerzas ocultas consiguen proporcionarle la paz que necesita. Su verdadero conflicto no está fuera de él, sino en su propia conciencia.
Chaikovski transforma este drama interior en una sinfonía de cuatro escenas, en las que el paisaje y los episodios fantásticos funcionan como prolongaciones del estado anímico del protagonista. La interpretación de la Filarmónica de Londres supo poner de relieve este carácter atormentado y profundamente expresivo. La riqueza de su paleta sonora, la compenetración de las distintas secciones y la capacidad para transitar entre los episodios de mayor intimismo y las grandes explosiones orquestales permitieron seguir el desarrollo dramático de la obra con especial intensidad. Gardner mantuvo un tono coherente a lo largo de los casi 60 minutos de música, sin permitir que la tensión dramática dependiera únicamente de la potencia sonora, sino también de la articulación de los contrastes, de la gradación de las dinámicas y de la construcción de los momentos culminantes. La orquesta encontró en esta partitura un magnífico terreno para mostrar su capacidad expresiva, haciendo aflorar tanto la oscuridad de los pasajes iniciales como la brillantez de las escenas fantásticas y la grandiosidad del desenlace.
Más de lo mismo pudo constatarse en el Valse triste de Sibelius, ofrecido a modo de bis. El compositor escandinavo expresa aquí la fragilidad de la existencia sin necesidad de recurrir a grandes gestos dramáticos. El ritmo ternario del vals, tradicionalmente asociado al baile, se convirtió en el vehículo de una emoción ambigua, a caballo entre la belleza y la desolación. La música parecía girar sobre sí misma, atrapada entre el recuerdo de la felicidad y la conciencia de su desaparición: una obra interpretada con máxima delicadeza, sin expresar abiertamente el dolor, sino dejando que se entrevea en cada inflexión melódica y en la fragilidad de su belleza, algo que, de alguna forma, sintoniza con el duelo por el que está pasando el país.








