Revisionismo pop y corrección política tambalean las cariátides de la Musikverein
Nézet-Séguin dirige de memoria el concierto de Año Nuevo entre aciertos musicales, guiños impostados y licencias audaces

No comparto del todo el entusiasmo desaforado que puso en pie la sala dorada de la Musikverein el pasado 1 de enero. Y no tanto por los méritos musicales de Yannik Nézet-Séguin y los Wiener Philharmoniker, que estuvieron a la altura, sino por el exceso de ingerencias externas y esa fijación por cambiar el guión. La realidad decimonónica vienesa es la que es, guste o no, intentar maquillarla, edulcorarla o amoldarla al gusto de la corrección política se me antoja harto engañoso. Algunas de las incongruencias del relato rozan el paroxismo.
Resulta cuando menos cuestionable mandar un mensaje de paz (como casi cada año por otra parte) minutos antes de batir, entre algarabía de palmas y móviles en alto, el compás de una marcha militar no exenta de exaltación nacionalista y patriotismo imperial (indaguen en el pasado cercano y lejano de la Marcha Radetzky). Llámenme rancio, pero las liturgias no son un elemento accesorio, el papel regalo forma parte también del regalo. Cambiar el envoltorio no cambia los hechos. Si pretendemos eurovisionar el concierto de Año Nuevo seguramente disparáremos las audiencias pero quizás dinamitemos también el concierto de Año Nuevo, con sus luces y sus sombras.
El revisionismo al que estamos jugando por momentos es delicado. Me explico. Como la realización pudo mostrar en varias ocasiones, un sector de público permanece en riguroso plantón durante las dos horas del concierto. La disposición de la sala no oculta, en pleno 2026, los resquicios de clasismo que aún perduran en parte de la sociedad vienesa. Quien haya visitado la Staatsoper o la Musikverein de la capital austríaca sabe bien que se siguen comercializando estos ‘palcos’ de galeras, relegados en su día para el vulgo. Irritante por lo tanto me parece verter una visión pacifista, feminista y paritaria de algo que en esencia es todo lo contrario. En efecto, sonó el vals Frauenwürde (La dignidad de las mujeres) de Josef Strauss, pero acaso no recuerdan el Wein, Weib und Gesang (Vino, mújeres y canto) de su hermano Johann. En el repertorio Strauss no escasean los títulos para levantar ampollas entre los y las presentistas más furibundos.
La obra de Florence Price Rainbow Waltz estaba metida con calzador, en lo programático. El título, toda una declaración de intenciones para los que entiendan; la obra, a mi humilde parecer, fuera de contexto y su arreglo orquestal poco convincente. Me perdonarán, si creen que hilo muy fino, pero a la vista están las incongruencias entre lo que representan la dinastía Strauss y coetáneos y los tiempos del correccionismo. Entre los aciertos, la inclusión del vals Fraunwürde de Josef Strauss, ciertamente junto con su hermano Johann el más talentoso de todos los compositores seleccionados y el que, por talante, estaría más próximo a la consigna pacifista-feminista 2026. Si el lobbismo fuera del todo congruente consigo mismo debería antes bien boicotear que blanquear un repertorio que representa valores difícilmente conciliables con los actuales. Creen que exagero, pues no les digo si Thomas Bernard levantara cabeza.
Y ahora sí, entremos de lleno en lo estrictamente musical. Del mismo modo que no aprecié el Rainbow, sí me gustaron los Sirenen Lieder de Josephine Weinlich. La polca-mazurca de la compositora austríaca, que también sonó en arreglo de Wolfgang Dörner, fue una delicia bajo la sabia y atenta batuta de Nézet-Séguin. El director canadiense dirigió de inicio a fin el extenso programa de memoria sin escatimar un átomo de energía. Estuvo igualmente brillante en el Frauenwürde, el principal hallazgo musical de la presente edición. Un vals que bien puede alinearse entre los grandes valses de Josef y Johann II, inmensamente superior a los de Ziehrer, Lumbye o Johann I.
Desde el atril, huérfano de partitura, Nézet- Séguin se ganó la simpatía del público por el buen humor derrochado hasta la última nota. Frente al hierático Thielemann o el insulso Welser-Möst, de años anteriores, incapaces casi de torcer el torso o reacios a la mueca, Nézet-Séquin irradió entusiasmo por doquier, hasta se pasó un poco de frenada en las polcas iniciales. Me gustaron la obertura de Índigo y los 40 ladrones de Johann Strauss II y la ingeniosa coreografía de John Neuemaier de la Diplomaten-Polka, también de Josef Strauss. A parte de las más o menos subliminales consignas de algunas obras, las piezas más breves no terminaron de convencer en lo musical (quizás la parte menos consitente del programa). Si es innegable que Nézet-Séguin quiso transgredir y desterrar convencionalismos, también lo es que se preparó el repertorio al dedillo. La lástima es que, como siempre (y lamento no ser la excepción), se habla más de lo primero que de lo segundo. Siempre el envoltorio, la anécdota por delante.
El concierto de Año Nuevo es y ha sido siempre una impostura. El riesgo que otea ahora al horizonte: la sustitución de la impostura rancia, clasista, conservadora por otra del todo antagónica. Lo dicho, una convención, como cualquier otra, nos permite disfrutar la música de Strauss una vez al año, como si ésta no fuera digna de audición los 364 días siguientes. Una excepción en el exigente calendario de una de las orquestas más prestigiosas del mundo.
En la locución, Martín Llade, rápido de reflejos, ameno, chistoso y chismoso, desenfadado y desinhibido como el director. Abusando, eso sí, del chascarrillo anecdótico y concediéndole a veces categoría de hecho consumado. Ahora solo resta desear que el concierto de Año Nuevo 2027, que dirigirá el ruso Tugan Sokhiev (lean entre líneas si quieren), no se convierta en otro ejercicio de equilibrio de cuotas y de concesiones al presentismo, en una quiniela obcecada con el papel de regalo (la indumentaria, los followers, los selfies, los gags, las consignas, la vis transgresora…).
Por rancias y trasnochadas que sean, que no se pierdan del todo las formas. Las liturgias también forman parte de la celebración.
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