Sabadell ha inaugurado la trigésima novena temporada del ciclo Òpera a Catalunya con una nueva producción del clásico donizettiano L’elisir d’amore, a cargo de un competente equipo artístico que recorrerá la geografía catalana con un total de catorce representaciones.
Pocos proyectos han contribuido tanto a estimular y a divulgar el género operístico en este país como lo ha hecho la compañía fundada por la soprano Mirna Lacambra en 1982 en Sabadell.
Durante más de cuatro décadas, las temporadas operísticas gestadas en la capital vallesana han contribuido a crear unos cuerpos musicales estables —la Orquestra Simfònica del Vallès y el Cor Amics de l’Òpera de Sabadell— y a impulsar el talento joven de decenas de intérpretes emergentes. Gracias a esta iniciativa, desde 1989 más de una docena de ciudades de Cataluña pueden disfrutar de una temporada operística con producciones propias de gran solvencia artística, articuladas a partir de un circuito musical gestionado por la Fundació Òpera a Catalunya.
Una iniciativa sin equivalentes en el conjunto del país ni prácticamente en el ámbito europeo —salvando proyectos de menor alcance, como los de Opera Lombardia o la Scottish Opera—, capaz de potenciar una cantera de voces emergentes y consolidadas, de gestar nuevas producciones escénicas y de divulgar los grandes títulos del repertorio operístico con la programación de más de cincuenta funciones a lo largo y ancho de la geografía catalana. Y, lo más importante de todo en los tiempos que corren, todo ello a un precio asequible para el común de los bolsillos.
L’elisir d’amore es el primero de los cuatro títulos que conforman la presente temporada. Se trata de una producción dirigida escénicamente por el sabio Pau Monterde, quien aborda con fidelidad, simpatía y todo lujo de detalles el desarrollo dramático de esta graciosa historia ambientada originalmente en un bucólico municipio del País Vasco.
En la velada inaugural del pasado 14 de octubre, el tenor cántabro Manuel de Diego encarnó el rol protagonista del ingenuo Nemorino con un sólido instrumento, de timbre cálido, registros homogéneos y envidiable dominio del canto legato. La coqueta Adina fue interpretada por la joven soprano Laura Gibert, quien demostró no solo poseer holgadas capacidades vocales para afrontar este exigente papel —con detalles de excepcional calidad—, sino también una desenvuelta caracterización escénica. Pau Armengol fue un competente Belcore, quizás algo parco de volumen, pero de indudable personalidad, mientras que el veterano Toni Marsol completó el reparto con envidiable magisterio y vis cómica en el papel bufo de Dulcamara. Mención especial merece también la encantadora Giannetta, interpretada por Mireia Tarragó.
El maestro Daniel Gil de Tejada es un experimentado concertador que, salvo episódicos desajustes, condujo a buen puerto musical el conjunto de la representación, contando para ello con la excelente prestación y el buen oficio del Cor Amics de l’Òpera de Sabadell y de la Orquestra Simfònica del Vallès. En síntesis, y como ya es costumbre, un año más asistimos al estreno de una loable producción a la que auguramos una exitosa gira por el Principado catalán.







