Saltar al contenido principal
martes, 13 de octubre de 2026
martes 13/10/2026

BARCELONA | Crítica. Aida. Gran Teatre del Liceu

Realidades paralelas

© Sergi Panizo

© Sergi Panizo

El Gran Teatre del Liceu ha inaugurado su temporada con una producción de Aida dual: la verdiana, servida por un elenco vocal de máximos y una dirección musical de encomiable enjundia; y la escénica, elucubrada a partir de los desasosiegos político-sociales de la regista Shirin Neshat.

Después de la excelente actuación de Anna Netrebko en la función inaugural, el pasado 27 de septiembre, Anna Pirozzi abordó el exigente rol de la princesa etíope con un canto de noble arrojo y sin reservas. Salvando puntuales tiranteces en el registro agudo, su actuación fue de intenso calado dramático y solvente prestación vocal, tal como avalaron los aplausos del público al finalizar la representación. El tenor ruso Ivan Gyngazov fue el encargado de defender el rol de Radamés y lo hizo con nobles arrestos. Si bien, inicialmente, su voz parecía tener dificultades para proyectarse nítidamente (como acusando cierto exceso de resonancia interna), la realidad es que su interpretación del vigoroso comandante egipcio fue intachable y ejemplarmente desenvuelta. La princesa de Egipto encontró una intérprete excepcional en la mezzo Ksenia Dudnikova. Su Amneris fue de lo mejor de la velada, derrochando autoridad escénica y aliento canoro a la par; tan solo se la vio acusar cierta fatiga en los comprometidos agudos del primer cuadro del cuarto acto, después de entregarse en cuerpo y alma a lo largo de toda la representación. Bravísima. No quedó rezagado el Amonasro de Ludovic Tézier, quien volvió a dar muestras de su soberbio magisterio canoro y su valía actoral. De profundo relieve fue el sumo sacerdote de Giorgio Manoshvili, mientras que el faraón de George Andguladze resultó un tanto desdibujado y decepcionante. Moisés Marín y Núria Vilà fueron un Mensajero y una Sacerdotisa de altísimo nivel.

Mención aparte merece la penetrante lectura musical desplegada por el maestro Antonello Manacorda, de tiempos pausados y fluidos, penetrante en su afloramiento de las texturas y siempre servicial y envolvente para con las voces. Sus hallazgos expresivos, unidos a la excepcional respuesta del coro y la orquesta titulares, fueron el mayor logro artístico de esta producción inaugural.

En lo que a la dirección escénica respecta, la videocreadora Shirin Neshat proyectó unas imágenes de cierto efectismo visual sobre una escenografía reducida a un gran cubículo brutalista giratorio (Christian Schmidt). A pesar de lograr algunos cuadros de cierta entidad evocadora, como el cuadro del templo de Vulcano, por lo general, su discurso audiovisual se despliega y se vierte sobre el escenario sin casar en absoluto con el desarrollo dramático de la obra, su contenido musical ni apenas con la acción de los propios cantantes. Números de danza convertidos en escenas rituales de sacrificios animales; desfiles marciales devenidos ejecuciones sumarias, o la nocturna escena fluvial a las orillas del Nilo del tercer acto, transmutada en una procesión de cadáveres: este es el resultado de una propuesta escénica de considerable vigor estético y de nobles ideales discursivos, aunque de escaso calado hermenéutico en lo que a la obra de Verdi se refiere. Otro ejemplo más de oportunismo artístico contemporáneo aupado por el reclamo de un título históricamente consagrado —el que más en el coliseo de Les Rambles, donde acumula cerca de medio millar de representaciones—.

Etiquetas: noticiaportada

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies