Una traviata más musical que feminista
El Festival Castell de Peralada ha estrenado una nueva producción de la popular ópera verdiana La traviata, dirigida musicalmente por Riccardo Frizza y escénicamente por el murciano Paco Azorín.

Sumándose al carro de la moda feminista, se ha querido vender este nuevo montaje en clave reivindicativa de las libertades del sexo femenino, aunque, más allá de las proclamas mediáticas y tonalidades violáceas, poco de ello ha trascendido substancialmente en la escena. Con una escenografía reducida a unas pocas mesas de billar, que a las veces hacen la función de mobiliario o de cuadros suspendidos en un muro de fondo, y un uso hábil de la iluminación y de las proyecciones, la puesta en escena logra sus mejores momentos en las escenas en del coro, gracias a un movimiento dinámico y fluido de las masas. Los volatineros suspendidos por los muros y la niña deambulante (supuesta hija de la protagonista) aportan poco más que distracción al conjunto. Las grandes creaciones universales son aquellas que han logrado trascender y elevarse por encima de las modas y de las circunstancias ideológicas de cada época, convirtiéndose en lo que se ha venido llamar obras abiertas, precisamente por haber sido capaces de tocar algunos registros sensibles de lo eternamente humano. Y es válido tanto en las grandes creaciones de Verdi, como en la tragedia griega, Shakespeare, Cervantes o Moliere, entre otros muchos. Querer utilizar estas creaciones para forzar lecturas circunstancialmente ideologizadas y parcialmente interesadas siempre resulta frustrante y empobrecedor. Afortunadamente, en esta ocasión, el buen trabajo de los intérpretes logró dar un digno relieve a un espectáculo escénicamente errático.
Ekaterina Bakanova, quien pudimos escuchar como Leila en la pasada temporada liceísta, alcanzó una memorable recreación del rol protagonista el pasado 7 de agosto en el escenario ampurdanés. Si bien en el primer acto se la vio más muy centrada en cumplir su cometido musical –salió airosa de las endiabladas coloraturas de su número conclusivo, su Violeta fue ganando soltura y entidad dramática a medida que fue avanzando la representación, logrando un éxito musical y escénico sin tachaduras. El tenor estadounidense René Barbera defendió con gran arrojo el rol del atormentado Alfredo, servido con un instrumento de timbre generoso y un noble sentido canoro. Más discreta fue la prestación musical del hawaiano Quinn Kelsey como Giorgio Germont, debido, en gran medida, a un instrumento tímbrica y canoramente más adecuado al repertorio bufo que a los roles baritonales líricos o dramáticos. Con todo, su entrega fue voluntariosamente irreprochable. El Gastone de Vicenç Esteve y el Barón Douphol de Carlos Daza derrocharon musicalidad y garbo escénico, así como los comprimarios Guillem Batllori (Marques d’Obigny) y el veterano Stefano Palatchi (Doctor Grenvil). Excepcional la prestación del Coro Intermezzo y muy equilibrada la Orquesta del Liceu bajo la experimentada batuta de Riccardo Frizza, auténtico artífice del éxito de este montaje.
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