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miércoles, 14 de octubre de 2026
miércoles 14/10/2026

«No sé enamorarme. No siento nada». (Carta de F. Chopin a su madre)

La incapacidad de enamorarse como flechazo creativo

El director Michał Kwieciński se sumerge en la psique de Chopin en la película homónima, que se estrena en España el próximo 16 de octubre

El relato se impone frente a una Historia cada vez más voluble y maleable. La vida y milagros de Chopin han alimentado infinidad de mitos, mitomanías, fetichismos y leyendas, más o menos falsas, que han contribuido a engrosar y dilatar hasta lo indecible la fonografía, la literatura, la filmografía e incluso el imaginario gamer. La leyenda no cesa.

El próximo 16 de octubre, víspera de la fecha de fallecimiento del genio polaco, llega a las pantallas de España una nueva producción que pone en primerísimo plano al Fryderyk Chopin más introspectivo. No al pianista, no al compositor, no al acompañante comparsa de George Sand, sino al ser humano que desde los 25 años batalló con la tuberculosis.

Días antes del estreno, dialogamos con su director, Michał Kwieciński (Varsovia, 1951), sobre una figura que, 200 años después, sigue levantando ampollas e interpretaciones para todos los gustos. Buena parte del mérito de este nuevo biopic chopiniano, titulado simple y llanamente Chopin, descansa también en la interpretación inmersiva de otro paisano, Eryk Kulm (Varsovia, 1990).


La
chopinología es una ciencia muy extendida, casi una religión, en Polonia. Concursos, festivales, historicismos, fabulaciones, confabulaciones… ¿Cuál es la motivación que le animó a revisitar la figura del compositor para la gran pantalla?

Yo situaría el punto de partida en una conversación privada con el actor Eryk Kulm. En aquella ocasión me comentó que soñaba con poder interpretar a Chopin porque desde niño había tocado su música (no en vano es hijo de músicos) y, de repente, me di cuenta de que sería el actor ideal para asumir ese rol. Primero, porque, de hecho, su fisonomía es, a mi entender, parecida a la de Chopin y, segundo, porque también tocaba el piano. Todo ello ayudaría a que las escenas musicales no resultaran artificiales o forzadas, sino lo más verosímiles posible.

Luego empecé a leer sobre Chopin, sin ningún fin concreto inicialmente, y pronto me percaté de que el Chopin que yo conocía de mi infancia, de la escuela, de la tele, distaba mucho del que descubrí en su correspondencia personal. De ahí surgió la idea de escribir el guion y fue cobrando fuerza la propuesta cinematográfica. Ante todo, quería protestar contra la imagen estereotipada que tenía del compositor hasta entonces.

Existen no pocas películas que han abordado la figura del compositor. Me vienen a la cabeza Pragnienie Miłości, de Jerzy Antczak; La note bleue, de Andrzej Żuławski, o Un invierno en Mallorca, del realizador catalán Jaime Camino. ¿Qué ha querido contar de otra forma con Chopin? ¿En qué difiere de sus antecesores?

Quería ocuparme de Chopin no tanto como músico, sino como persona, como individuo, buceando en su personalidad. Huir un poco de la idea estereotipada del genio. No quería centrarme en la faceta biográfica, sino, sobre todo, en su vis más psicológica. Me propuse analizar cómo una persona un día se encuentra a solas con un diagnóstico letal y cómo reacciona ante la espera de la muerte pronosticada. Y centrarme así en su figura.

A este enfoque más introspectivo contribuyó el no haber encontrado un antagonista al uso, con un potencial Salieri. No hay constancia de ningún enemigo o de ningún verdadero oponente a partir del cual poder elaborar un segundo hilo narrativo. Otros filmes anteriores están centrados en su entorno, en hechos y en acontecimientos centrales de su vida, pero apenas se ocupan de él, concretamente de él, a nivel psicológico, digamos.

Por ejemplo, no aparecen los hijos de George Sand en el viaje a Mallorca porque considero que apenas tuvieron influencia en la vida del artista. Lo único que quería él era disfrutar del sol y todo el tiempo llovió.

entrevistas  La incapacidad de enamorarse como flechazo creativo

Los estereotipos del nuevo Chopin están a la orden del día: su introversión, su inmadurez, su dependencia, su supuesta asexualidad y, más recientemente, su presumible homosexualidad. Ante tal disparidad de aproximaciones, ¿nos acercamos o nos alejamos del Chopin verdadero?

Le responderé con una anécdota que me reportó gran satisfacción. Organizamos una proyección para músicos, a la que asistieron, entre otros, cuatro reputados pianistas, participantes todos ellos del Concurso Chopin de Varsovia. Al término de la misma, estos se dirigieron hacia mí y me dieron las gracias, aduciendo: «Siempre que tocamos Chopin tenemos la sensación de que quien compuso esa música se asemeja a la persona que hemos visto en su película». Esto es, los músicos sintieron a la persona del filme y no a otras posibles personas (creaciones o recreaciones).

Me llama poderosamente la atención que nadie haya considerado seriamente su patología con anterioridad. Parece del todo previsible que un joven diagnosticado de tuberculosis a los 25 años padezca también problemas de índole social. En un momento de la película se evidencia, por ejemplo, la impotencia sexual de Chopin. Los problemas que el individuo tiene consigo mismo y con su sexualidad también repercuten en otros ámbitos de su desarrollo vital y de su persona.

Empezó a tomar sustancias estupefacientes, mucho opio incluso. Pero cabe decir también que uno de los rasgos más característicos del joven Chopin era su dinamismo: caminaba muy rápido. Quizás pueda parecer un detalle menor, pero me sirvió para mostrar a Chopin como una personalidad vital, viva, que, a raíz de la enfermedad, se debilita y cuyo frenesí languidece. La fisiología termina pasándole factura.

No quería entrar al trapo sobre los rumores de si era o no homosexual. En el caso de que así fuera, lo cierto es que apenas tenía energía. Simplemente estaba muy débil. Y, pese a ello, debía fingir buen ánimo, porque, de lo contrario, una actitud pesarosa no le habría procurado alumnos, su principal fuente de ingresos, como sabemos. Ningún filme anterior ha abordado debidamente la enfermedad y el cambio de conducta que esta seguramente conllevó.

Cierto, la película empieza con la cita médica y la frialdad del diagnóstico.

Así es, él tenía 25 años y sabemos por una carta a su hermana que había acudido al médico, quien le había confirmado que tenía tuberculosis y no sabía cuánto tiempo más le quedaba de vida.

Si bien es cierto que no se prodigaba de forma excesiva en lo concertístico, sí sabemos que era una persona a la que le encantaba estar rodeada de gente y que era un maravilloso animador social e incluso anfitrión de algunos encuentros y saraos.

Mediada la película escuchamos en boca del protagonista una confesión lapidaria: «No sé amar. No siento nada». Se trata de una afirmación contundente. ¿Es una licencia del guion o tenemos constancia de que son palabras del propio Chopin?

entrevistas  La incapacidad de enamorarse como flechazo creativo

Es una frase literal extraída de una carta a su madre. Me da la sensación de que, para una persona en apariencia fría, asentada en pleno cénit del Romanticismo (y la consecuente importancia concedida al concepto del «amor»), debió suponer un choque no poder vivenciar un torbellino amoroso al modo de las telenovelas brasileñas. El enamoramiento sin límites, propio de cuando no controlamos nuestras emociones, esa sensación de sentir mariposas en la barriga, como decimos en Polonia, le fue negado. Él habría querido experimentar esta sensación, pero son situaciones vitales que no se pueden planear. No pudo gozar de un romance, de una relación febril al uso del cliché romántico. Y la no consecución de ese anhelo encierra una frustración. Por dicho motivo sostiene que no sabe enamorarse, por el hecho de que él glorifica la palabra «amor». Y este vacío, esta insatisfacción, se volcó, se tradujo en música. A través de estas emociones no vividas, no vivenciadas, es como la música tantea otras vías de escape.

Quizás en clara oposición a su vecino y colega Franz Liszt.

Efectivamente, en ese sentido sí sería antagonista. Chopin tenía en gran consideración al Liszt pianista, pero también se dirigió a él por escrito para lanzarle algún reproche: «Chłopię (chaval), malgastas el tiempo en cuestiones banales en lugar de mejorar tu música. Eres un genio, pero no suficientemente aplicado y no progresas con tus obras». De hecho, Chopin no valoraba a Liszt del todo como compositor, lo que sí sucedía a la inversa.

La irrupción en su vida del joven pianista Carl Filtsch nos desvela la vis más sensible y empática de Chopin. En su película, el polaco se vuelca con su aventajado alumno predilecto y no solo a efectos estrictamente pedagógicos.

Es exactamente como tú dices. Pero, en primer lugar, me resultó del todo chocante constatar que nadie prestara atención antes a las constantes alusiones a este chico talentoso en las múltiples cartas del compositor. Cuando empecé a leerlas y asimilar lo que Chopin pensaba de este chico, me vino a la cabeza la idea de que, en la vida de una persona impotente, que no tiene ganas de sexo ni de mujeres, se presenta un joven estudiante muy talentoso, de una procedencia musical muy similar a la suya y con aptitudes casi idénticas. Ese encuentro no pudo sino suponer un acicate vital.

Así que la figura de Filtsch personifica no solo al hijo, sino también la posibilidad de dar continuidad a su cruzada musical. Chopin piensa en ese instante que, si el tiempo lo permite, tendrá ocasión de transmitirle su pensamiento musical al joven Filtsch. Desafortunadamente, Carl muere al poco tiempo. No obstante, esos dos años de tutelaje musical son de gran importancia, y así lo evidencio en una escena con George Sand. Chopin vivía relativamente cerca de la casa de Sand, por lo que lo más sensato habría resultado que fuera a desayunar a casa de la escritora. Contra pronóstico, visita antes a su joven alumno y a su hermano. En ese momento es cuando Sand explota y le reprocha: «Tú le amas a él, pero no a mí. No voy a ser tu cocinera». Todo esto está documentado. Simplemente hay que saber leer entre líneas para comprender que Filtsch fue una persona central en su vida.

Cabe pensar, por tanto, que el vínculo afectivo con Carl Filtsch fue mucho más estrecho que con los hijos de George Sand.

Por supuesto. De algún modo, Sand, llegado el momento, intentó implicar a Chopin en la educación de sus hijos. Implicación infructuosa y aceptada de no muy buen grado. Por el contrario, en el caso de Filtsch, el talento innato del joven sí despertó su vocación paternal y le permitió recuperar el pulso vital.

Me agradan especialmente las escenas de Chopin junto al piano, ya sea componiendo, ensayando o impartiendo lecciones. Resultan escenas tremendamente verosímiles. Sin duda, contribuye a ello que sea el propio actor Eryk Kulm quien interpreta música de Chopin. No hay trampa ni cartón.

Digámoslo de otro modo: cada vez que el personaje se sienta frente al piano, es el propio Kulm quien está tocando. Para mí era muy importante que el actor fuera ejecutante. Kulm estuvo durante medio año preparando los pasajes que debería tocar. Él tocaba cada vez un máximo de 30 segundos, no más. Y en eso consistió su preparación musical: en ejercitar esos pasajes, fragmentos elegidos con antelación. Además, también tuvo que aprender francés.

Cuando Eryk llegó al set de rodaje, estaba también muy preparado a efectos pianísticos. La ventaja era que Eryk estudió piano y nunca ha dejado de tocar. El reto resultó ser preparar estos pasajes seleccionados a un nivel interpretativo muy exigente. Eryk se retiró seis meses a los Alpes franceses con la lista íntegra que le proporcioné de las piezas que debía preparar.

La escena de la lección con Filtsch constituye per se un tratado de reflexión interpretativa y probablemente toda una declaración de intenciones.

Esta escena sintetiza parte de la concepción musical de Chopin. De hecho, en una de sus cartas realiza el siguiente aserto: «Beethoven lo tenía mucho más fácil que nosotros: él era sordo». Lo que podría sonar inicialmente a broma está muy lejos de serlo. Porque, para Chopin, la música no es solo el sonido, sino lo que está en la cabeza.

Querría aquí sacar a colación una confesión del eminente pianista polaco Janusz Olejniczak, quien lamentablemente ya no vive. Olejniczak admitía sin reparo alguno que a menudo erraba notas en sus conciertos. Sin embargo, el público no se percataba de ello. ¿Por qué? Porque la ejecución, la corrección en la digitación, no es tan importante como esa cabeza pensante, esa razón que gobierna la música. Y eso explicaría que las notas falsas pasen inadvertidas, porque lo verdaderamente importante es la esencia, es el alma que contiene dicha música. A todo esto, cabe recordar que, pese a lo dicho, Chopin fue un pianista escrupulosamente preciso.

Como mallorquín, debo admitir que no me convence la recreación del puerto de Palma en una zona agreste de la costa insular.

Fue una decisión presupuestaria. Recrear el puerto decimonónico de Palma habría resultado muy costoso y complejo. El puerto actual de Palma es muy distinto del que se encontraron Sand y Chopin. Por otra parte, la elección de otros exteriores nos posibilitaba recrear la llegada a un lugar paradisíaco, con palmas y naturaleza virgen. La evasión anhelada, a fin de cuentas. De lo contrario, la atmósfera habría sido otra, del todo distinta de la Palma que conocieron ambos.

Optamos por rodar los interiores de la Cartoixa de Valldemossa en Polonia, pero, por el contrario, sí incluimos la finca de Miramar para aprovechar las vistas al mar y a los olivares.

Polonia celebra este año el centenario de uno de sus cineastas insignes: Andrzej Wajda. Usted trabajó estrechamente con el realizador y, no en vano, produjo la mayor parte de sus últimos largometrajes. ¿Qué nos puede contar de su vínculo personal con el director?

Trabajé con él durante 20 años. Me sentía un poco como su hijo, porque pasamos mucho tiempo juntos. No he vuelto a conocer en Polonia a ningún maestro con el que se le pueda comparar. Porque, además de ser un grandísimo director, era una persona excelente. Cualquier decisión o instrucción en el set de rodaje partía siempre del máximo respeto a sus colegas. Y sus películas son tan buenas seguramente también porque él se ocupaba mucho de cuidar a sus equipos y actores. El respeto era una máxima en su día a día. Siempre he pensado que la potencialidad creativa del personal de rodaje descansaba sobre un respeto incondicional hacia su staff.

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La pelicula Chopin llega a cines el 16 de octubre. Más información

Etiquetas: noticiaportada

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