
Explico un poco el titular. Hace años, cuando comencé mi colaboración con Doce Notas, escribí un artículo de opinión con un título similar, pero en positivo. Eran otros tiempos; éramos más jóvenes y teníamos derecho a ser optimistas.
Ahora lo pongo entre interrogantes. Ya no soy tan optimista y la cultura en España da signos de cansancio y envejecimiento. Hay excepciones, claro. El listado de grandes proyectos que salen adelante es largo y variado, pero, en la mayoría de los casos, sus protagonistas aluden al voluntarismo, al entusiasmo y a la precariedad con que van consiguiendo estos logros, que son colectivos y sociales, además de personales. Para muestra, esta revista web, que sale cada día contra viento y «marea».
Ayer participé en un acto en mi ciudad para analizar una serie de proyectos musicales con vocación social, proyectos de Valladolid, de Castilla y León y de Barcelona. Encomiables.
Uno de los responsables exhibió unas cifras de inversión cultural pública que yo utilizo en charlas, debates y comunicaciones. Llevaba tiempo rondándome la idea de escribir un suelto sobre el tema, y allá va.
Las industrias culturales —editoriales, música popular, cine y comunicación— funcionan. Necesitan menos «mano de obra» debido a su «reproducción técnica», como nos enseñó Walter Benjamin en sus escritos. Dependen menos de subsidios públicos directos para mantener su importancia y estatus social. Bien por ellas.
Otras artes y formas culturales —como casi todas las actividades heredadas de nuestro pasado artesanal y preindustrial— necesitan apoyo público: teatro, músicas no comerciales, publicaciones de poesía y teatro, artesanías o comunicación social. Esto es así desde la creación del Estado moderno en Francia. La intensidad de la ayuda es menor en los países anglosajones, pero en el continente europeo funcionamos así. Hay incluso Estados, como el francés, que se atreven a hablar de la «excepción cultural europea». Han creado desde lo público nuevos mercados nacionales —cine, danza y, sin ninguna duda, artes de calle—, y funcionan.
El dato que esgrimía el conferenciante de ayer, y que yo manejo en otros debates, es el referido al esfuerzo cultural de la Junta de Castilla y León: invierte en cultura el 0,5 % de su presupuesto anual, frente a cerca del 2 % de Cataluña. No pongo cantidades absolutas; pongo un porcentaje que refleja la importancia que se concede a la cultura en cada comunidad autónoma. A la Generalitat le interesa cuatro veces más la cultura que a la Junta de Castilla y León. Apuestan y, a veces, les sale bien.
Yo no juego a la lotería, no apuesto; nunca me toca. Se lo he dicho así a algún político o política del Partido Popular y no lo ha entendido.
Vuelvo a los ámbitos municipales. Valladolid dedica el 5 % de su presupuesto municipal a cultura. Barcelona hace años que supera el 10 %. Al Ayuntamiento de Barcelona le interesa el doble la cultura que al de Valladolid, tanto en legislaturas socialistas como populares.
Vamos a ámbitos nacionales o estatales, como queramos llamarlo. En España, los poderes públicos invierten en cultura entre el 0,5 % y el 0,6 % de sus presupuestos. En Francia, ese esfuerzo inversor llega al 2,5 %. ¿Les interesa la cultura cinco veces más que en España? Eso parece.
Solo en los veranos franceses, los «intermitentes» —trabajadores con empleo fijo durante seis meses al año— han llegado a ser un millón de personas. De hecho, una huelga suya paralizó hace años todos los festivales de verano. Apuestan y se han convertido en una potencia cultural europea: cine, espectáculos al aire libre, danza, audiovisuales o música de raíz africana.
A pesar de los datos relativamente bajos en España, la cultura supone el 2,5 % del PIB, según el INE. Aquí también el verano es muy potente… hasta ahora. Ya hemos visto actividades canceladas por el intenso aumento del calor en junio y en lo que llevamos de julio.
¿Quién sostiene este esfuerzo económico, aparte del gasto de las familias y de algunas empresas con vocación cultural? Yo diría que los salarios bajos, la precariedad, la falta de apoyo a los artistas, la escasa inversión en el medio rural y en los entornos urbanos menos favorecidos, el insuficiente respaldo a los colectivos experimentales y amateurs, la falta de apoyo a las asociaciones de todo tipo, la escasa apuesta por la internacionalización de la creación cultural española y la insuficiente inversión en equipamientos —acudo a auditorios y teatros públicos que ya resultan peligrosos para el público de mayor edad—. Etcétera, etcétera.
Seguro que usted, querido lector, querida lectora, puede poner sus propios ejemplos cercanos.
Hágalo. Después, «ellos» —incluso «los míos»— se pondrán las medallas.
No es de recibo. Debe hablarse ya de ello en todo tipo de encuentros.
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