
El director de escena catalán se ha servido de la historia del abad Prévost para convertir el escenario del Liceu en un escaparate del mercadeo vano y voluble de los afectos amorosos, transmutando los ambientes originales en una terraza, un cabaret y una suerte de jaulas humanas, con “LOVE” omnipresente de tamaño gigantesco (desconocemos si el anglicanismo ha acarreado alguna medida coercitiva a los responsables del teatro por no hacer uso de la rotulación en catalán). Más allá de los cambios de ambiente y escenarios, una espléndida iluminación y un excepcional trabajo en la dirección de actores han permitido explotar todo el jugo dramático del libreto y, especialmente, de la inspirada música de Puccini.
La cantante lituana, que en la pasada temporada se ganó el favor del público catalán con una memorable Rusalka, encarnó una Manon de tintes más líricos que dramáticos. Su interpretación resultó artísticamente irreprochable, más emotiva y turbadora en su gran escena conclusiva que vanidosa y coqueta en los apartamentos de Geronte, devenidos aquí en un cabaret. Joshua Guerrero es un tenor con medios que fue ganando enteros a lo largo de su función inaugural como Des Grieux, mientras que el Lescaut de Iurii Samilov demostró una completa asimilación del personaje, tanto en el plano vocal como en el escénico. Donato Di Stefano supo sacar un buen partido del ingrato papel de Geronte, así como el resto de comprimarios, que hicieron lo propio en sus respectivos roles.
Al frente de la orquesta titular estuvo Josep Pons, en su última etapa como director musical del coliseo barcelonés. Como es habitual en él, insufló un aliento sinfónico a la partitura que alcanzó a realzar la rica paleta orquestal del compositor italiano, más allá de sus arrebatadoras melodías, aunque el exceso de volumen del foso privara en más de una ocasión del lucimiento de las voces. La notable prestación del coro titular acreditó nuevamente la buena labor que Pablo Assante realiza al frente del mismo.
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