
El arraigo mozartiano del Liceu se remonta a la época del empresario Joan Mestres Calvet. Él fue el responsable de ensanchar los horizontes artísticos del coliseo barcelonés con la introducción de nuevos repertorios, como las óperas rusas, las francesas, las alemanas en su idioma original (y no en la versión italiana, como era habitual en aquellos años), los ballets vanguardistas de Serguéi Diáguilev y las principales óperas mozartianas, por entonces desconocidas en la capital catalana; entre ellas, Le nozze di Figaro, programada en su primera temporada como empresario (1916). En la actualidad, este título cuenta ya con más de un centenar de representaciones en el escenario de Les Rambles.
La actual dirección artística del teatro ha apostado por una nueva producción que destila un derroche azucarado de fantasía en forma de gigantesco pastel de tres pisos (Max Glaenzel), que preside el escenario a lo largo de la función. Una propuesta que pone su énfasis en acentuar la vis cómica de la trama y el carácter caricaturesco de los personajes, con abundantes coreografías (Andreas Heise), elementos gastronómicos fabulados y un aparatoso vestuario de tonalidades apasteladas (Agustín Petronio), que convierte a los protagonistas en ingredientes de una enorme tarta nupcial. Cual escaparate de confitería, la producción logra seducir al público por su saturación visual, aunque, en el plano de la discursividad teatral, apenas alcanza a apuntar de forma epidérmica los sutiles repliegues dramáticos tejidos por el magistral tándem Mozart-Da Ponte.
La función del pasado 14 de junio estuvo encabezada por el airoso Figaro de Alejandro Baliñas, un intérprete que, pese a su juventud, mostró vigorosos arrestos canoros y gran desenvoltura escénica. Anna Prohaska fue su partenaire como Susanna, con un estilo impecable y una exquisita musicalidad. El conde de Samuel Hasselhorn alternó escenas de envidiable fraseo con pasajes de empuje vocal un tanto forzado. La condesa de Anett Fritsch demostró un pleno dominio de los recursos escénicos y una sabia administración de sus facultades canoras, a pesar de cierta tirantez en el registro agudo. Chisposa y delicada estuvo Mercedes Gancedo como Cherubino, así como también espléndida la Barbarina de Lucía García. El resto de comprimarios, encabezados por Mireia Pintó (Marcellina), Alejandro López (Bartolo) y Roger Padullés (Basilio), rindieron a un magnífico nivel.
Antonini dirigió el espectáculo con un óptimo equilibrio sonoro entre foso y escenario. Cabe destacar su trabajo con las texturas de maderas y metales, así como la fluidez discursiva entre recitativos y números concertados. No obstante, su excelente labor quedó ensombrecida por el empacho visual escénico, poco apto para paladares refinados o diabéticos, y por la persistente matraca de aplausos y toques de abanico de una parte del público, con una actitud más propia de un ruedo taurino que de un coliseo lírico. Quizás cabría tomar cartas en el asunto.
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