
El gran repertorio no le es ajeno, a pesar (o por mor) de sus 21 años. No en vano, el pianista norteamericano de origen taiwanés Curtis Phill Hsu se alzó el pasado año con el primer premio del Concurso Maria Canals de Barcelona. Argumentos pianísticos no le faltan, como se pudo evidenciar el pasado sábado 16 de mayo en el XVII Festival Pianino de la Cartoixa de Valldemossa, morada accidental de Fryderyk Chopin casi doscientos años atrás.
De hecho, Chopin fue el único gran ausente en su recital de presentación. Seis colosos del teclado —Bach, Mozart, Beethoven, Liszt, Rachmaninov y Debussy— sonaron en su celda, casi sin solución de continuidad (la pausa apenas duró diez minutos). Anotamos del corrido la correlación de las obras por orden de aparición para que el lector se haga idea de la magnitud del programa: Sonata n.º 21 en do mayor ‘Waldstein’, de Beethoven; Cinco preludios, de Debussy; el Liebesleid, de Rachmaninov-Kreisler; la Sonata en do mayor KV 330, de Mozart; y, de postre, nada menos que la Sonata en si menor, de Franz Liszt. Especialmente en la primera y última de las obras, Hsu dio sobradas muestras de un virtuosismo al servicio del discurso musical, brindando dos versiones deslumbrantes que ahora solo el tiempo deberá terminar de macerar.
No escatimó esfuerzos el debutante. Y, por si fuera poco, después de casi dos horas de recital, se despidió, ya fuera de programa, con el coral Ich ruf zu dir, Herr BWV 639 (Bach/Busoni). Generoso, voraz e insaciable. A juzgar por la frescura con la que, en apariencia, concluyó su faena, podría haber lidiado aún algún miura pianístico más para coronar su Mammutaufgabe, como gusta decir a los alemanes. Lo mejor no se hizo esperar: quizás el rondó de la Waldstein, con el que Beethoven cierra su sonata, estuvo al nivel de los grandes intérpretes consagrados, con la aquiescencia del excelente piano Schimmel; en ningún momento echamos en falta la cola de resonancia. Perfecta simbiosis de solista e instrumento.
Excelsa, a la vez que insultante, digitación, por la facilidad con la que la despliega. Desinhibidamente, como si digitar fuera algo consustancial a la naturaleza humana. Una dinámica igualmente apabullante, como el desaforado crescendo de la mano izquierda, no dejó lugar a dudas, poniendo a prueba no solo sus falanges, sino los resortes sonoros del Schimmel. Ecos del primer movimiento, gruppetti de toda índole y dificultad, dos elegantísimos glissandi, derroche de ingenio beethoveniano y hasta algún asomo casi jazzístico. Todo resuelto con aplomo y desenvoltura. Una partitura revolucionaria, otra más en el extenso catálogo del de Bonn, que Hsu exprimió sin que esta le exprimiera a él.
Tuvo quien esto escribe la sensación de que su pianismo ganaba enteros cuanto más se enzarzaba la partitura. Como si los pasajes virtuosísticos, lejos de amedrentar o achantar al intérprete, lo espolearan. Hsu, como tantos pianistas jóvenes, se viene arriba y se agiganta en aquellos pasajes de mayor complejidad técnica. Así lo pondría igualmente de manifiesto en el célebre preludio Les collines d’Anacapri, donde las manos se entrecruzan a velocidades de vértigo, en esta icónica página de la literatura pianística impresionista.
Tras un Mozart ligero, pero al que con los años le podrá sacar más miga, llegaba el último Tourmalet de la etapa reina. Curtis Phill Hsu se acomodó por quinta y penúltima vez delante del Schimmel. Se tomó su tiempo y esbozó esa contrición iniciática con la que arranca una de las partituras pianísticas más endiabladas del siglo XIX. Seguro que con la edad su Liszt ganará aún más poso e introspección, pero poco se puede objetar a su técnica depurada. Llegó ileso al inicio de la famosa y temible fuga final, enfatizando los dos motivos preponderantes y obsesivos en que pivota la partitura. Casi sin pestañear liquidó el tour de force para desembocar acto seguido en un spleen de inquietante calma. Esa isla, falso oasis, espejismo de paso, que con oficio y lógica musical supo retornar y ensamblar al punto de partida. Más allá, solo vacío.
Un par de segundos, no más, se prolongó el vacío lisztiano. El público no tardó en desbaratarlo con encendidos aplausos. Ovación a un programa tan generoso como arriesgado. Muestrario del abecé pianístico decimonónico, del que quizás podríamos haber extirpado el injerto de Rachmaninov, metido un poco con calzador.
La pléyade de pianistas de técnica intachable no deja de crecer exponencialmente. Como todo, el virtuosismo también se ha democratizado. Es imposible abarcarlos ya a todos, pero, a buen seguro, Hsu será de los que seguiremos escuchando pasados otros veinte años, cuando siga siendo joven.
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