Doce Notas

Cohesión escénico-musical

opinion  Cohesión escénico musical

Vuelve a Les Arts quien en la temporada pasada aún fuera el director titular de la OCV para adentrarse en el laberinto temático y emocional de la Salomé straussiana. En esta obra cumbre del expresionismo alemán, Strauss despliega, en tan solo 100 minutos, un drama musical de una intensidad psicológica sin precedentes en su época, reinterpretando la historia bíblica de Jochanaan, es decir, Juan el Bautista. Ya su estreno causó un escándalo debido al carácter conflictivo y provocador de la obra, razón por la que fue censurada temporalmente. Con su complejo y modernísimo lenguaje sonoro, Strauss creó una música que muestra los conflictos internos sin tapujos. De este modo, Salomé no solo se presenta como un drama bíblico, sino también como un drama familiar con un enfoque psicológico sobre la violencia, la decadencia social y la destrucción de una psique herida, algo que el director de escena Damiano Michieletto supo plasmar con acierto en su montaje original de La Scala.

James Gaffigan ofreció una lectura intensa y profundamente humana, sostenida por una dirección precisa y, a la vez, enérgica. Desde los primeros compases, la orquesta reveló la complejidad psicológica de la partitura con un sonido denso, sensual y cuidadosamente equilibrado en todas sus secciones. Gaffigan supo extraer toda la tensión decadente y enfermiza de la obra sin caer en el exceso sonoro, permitiendo que las voces respiraran y que cada clímax surgiera de manera orgánica.

En el centro de la representación brilló Vida Miknevičiūtė como Salomé. La soprano lituana construyó una protagonista perturbadora y frágil, mostrando a una joven emocionalmente destruida y obsesionada. Vocalmente, se mantuvo firme en todo momento gracias a su claro y bello timbre, aunque por momentos no tan potente como para atravesar la enorme masa orquestal straussiana. John Daszak compuso un Herodes nervioso, decadente y profundamente inquietante. Su interpretación teatral fue uno de los pilares de la función, dibujando un personaje consumido por el miedo, el deseo y la superstición. La noche del pasado sábado lideró el elenco vocal con una soberbia interpretación de su personaje. A buen seguro, hubiera merecido más aplausos. Frente a él, Michaela Schuster aportó una Herodías cargada de amargura y cinismo. Su voz, oscura y sólida, encajó perfectamente en el retrato de una mujer endurecida por el poder y la corrupción moral.

Notable fue también el Jochanaan de Nicholas Brownlee. Su voz sonora y de gran autoridad llenó la sala con un timbre noble y poderoso, ideal para representar la dimensión profética y casi sobrenatural del personaje. Por su parte, Christopher Sokolowski ofreció un Narraboth lírico y sensible, cantado con elegancia y musicalidad. Su intervención inicial estuvo marcada por una emotividad sincera que anticipó desde el comienzo la atmósfera enfermiza y fatal de la obra.

En líneas generales, y dado el buen quehacer de todas las partes implicadas, lo que destacó en esta puesta en escena fue la unidad músico-teatral de esta fascinante tragedia, con unos personajes atrapados en un universo decadente del que no existe escapatoria.

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