Doce Notas

El Real puja por ‘La novia vendida’ 100 años después

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Desde el nacimiento de Bedřich Smetana (1824-1884), el Teatro Real de Madrid tiene a bien representar La novia vendida cada cien años. Su primera función se remonta a marzo de 1924 (¡cuatro años antes del estreno absoluto parisino!) y en riguroso checo. Este mes de abril, y en concurso con las óperas de Lyon, Colonia y el Théâtre Royal de La Monnaie de Bruselas, el Real ha repuesto el título con Gustavo Gimeno al frente de la dirección musical y Laurent Pelly de la escénica. También en esta ocasión en el idioma original (Prodaná nevěsta), eso sí, con la inestimable ayuda ahora de los subtítulos sobreimpresionados.

Me pregunto cómo se las apañaría el público madrileño, en plena dictadura de Primo de Rivera, para seguir el libreto de Sabina (Karel, no confundir con otro famoso letrista de La Latina), máxime cuando para muchos seguramente supuso su primer contacto con la lengua de Kundera. Parece ser que fue una compañía ambulante la que aprovechó la efeméride de Smetana para exportar a su operista de cabecera más allá de las fronteras de la recién independizada Checoslovaquia (anno 1918). Así fue como el compositor checo se abrió camino en el gran repertorio: hasta la fecha Prodaná nevěsta sigue siendo uno de los títulos franquicia de la lírica bohemio-morava. Con apenas 12 millones de hablantes, el checo será probablemente la lengua minoritaria con más presencia en la cartelera lírica. Smetana, Dvořák y sus epígonos Martinů, Janáček o Suk tienen buena parte de culpa.

La compañía ambulante que recaló en tierras ibéricas un siglo atrás no desentonaría mucho de la que copó el tercer acto de la vigente Novia vendida, una delicia de la primera a la última nota. El telón apenas entornado, un metro escaso, lo justo para poder seguir únicamente los pasos erráticos del entrañable Vašek (Mikeldi Atxalandabaso), quien somatiza su tartamudeo vocal en sus extremidades. Desde ese inicial cacareo checo hasta el fotomatón circense final, todo fluyó: el número de circo, el cónclave de consuegros, la meditación prenupcial de Mařenka, el reencuentro con Jeník y el jolgorio final. De un solo trazo sonó este delicioso set final, delicioso porque la música de Smetana es inspirada y vibrante: atrapa al oyente y ya no lo suelta. Uno solo desea que los recitativos avancen rápido. Y también porque Gimeno y el escenógrafo francés Laurent Pelly así lo quisieron (y así lo supo entender el público, que apenas osó interrumpir con aplausos el flow operístico).

Sin embargo, antes del regocijo final, hay tiempo para la penumbra y el pesar. Se escuchan fagots y lánguidas notas en la voz de Mařenka, supuestamente vilipendiada por Jeník. ¿Cómo no empatizar con su justificado desdén y desolación…? ¡Qué tristes pueden resultar los resortes cómicos —carpa, payaso, quiosco— debidamente iluminados! Para suerte de Mařenka, esa desolación es tan auténtica como pasajera.

Antes de que Mařenka rebose de dicha, Smetana nos obsequia con un extenso pasaje de lirismo sublime que culmina en el Ó, jaký žal… Ten lásky sen (Oh, qué pena… Este sueño de amor), donde la soprano rusa Svetlana Aksenova dio lo mejor de sí. Inocencia, ferocidad, orgullo, desengaño y una desolación inmensa quiebran el tono desenfadado de la obra por espacio de un cuarto de hora. Smetana obra con sabiduría y rescata el leitmotiv del amor juvenil; en lontananza suena el clarinete cual eco distante. Y precediendo esta amalgama de sentimientos enfrentados, uno quiso reconocer por instantes —espejismo sonoro o no— los trémulos y arrebatadores compases iniciales de la Cuarta Sinfonía de Schumann. Merecida ovación para la petersburguesa, que sobre todo en el tramo final aunó gran caracterización actoral y vocal.

A casi idéntico nivel rayó el tenor bilbaíno, una de las pocas voces no eslavas del elenco. Su recreación de Vašek, el patán del pueblo, se granjeó pronto las simpatías del Real desde su súbita irrupción en bicicleta hasta su despedida enfundado en la piel de oso. Uno no se atreve a enjuiciar su dicción, pero sí demostró un talento inconmensurable para tartamudear en checo. Desde el atuendo hasta su estudiado apocamiento, Atxalandabaso elevó al enclenque secundario a la categoría de meritorio antihéroe, tanto en lo vocal como en lo actoral. Un personaje objeto de la sorna local y reducido a atracción de feria (la ópera de Smetana plasma también los rasgos menos bucólicos de la sociedad rural checa), pero que en el Real cosechó sentidas adhesiones.

El tercer cajón del pódium se lo adjudicamos al casamentero Kecal (Günther Groissböck en la sesión reseñada). Este charlatán de tomo y lomo, trasunto de notario rural y liante, compendia tics rossinianos y donizettianos en su extenso rol (uno no deja de pensar en el Dottore Dulcamara y, claro está, en el Don Pasquale). El bajo-barítono austríaco captó a la perfección la comicidad villanesca del alcahuete y, con poderosa voz y perseverancia, intentó en vano amañar la boda. Enternecedor sonó el famoso sexteto Rozmysli si, Mařenko (Piénsatelo, Mařenka), donde Kecal, los consuegros y la aludida llevan a la sextaesencia sonora el dilema del sí nupcial, la noche de la víspera fatal. El Jeník de Pavel Černoch aquejó falta de presencia vocal, con la que complementar su astucia escénica.

No queremos dejar el tercer acto sin mencionar antes la brillante resolución escénica de los dos números instrumentales (la marcha y la danza de los comediantes). A falta de una obertura al uso, la dupla Pelly-Ginet aprovecha el pasaje sinfónico para alzar en escena una carpa circense en tiempo real de la mano de los cuatro figurines cómicos.

La obertura que catapultó a Smetana

Por contra, la célebre obertura del primer acto sonó con el telón bajado, obligando al respetable a disfrutar “a pelo” del electrizante fugato sinfónico al que la posteridad de Smetana tanto debe. Uno no termina de entender el amasijo de sillas que sobrevuela la escena una vez se alza el telón; a su vez, echa en falta una ambientación más provinciana en la caja (y un poco más diurna: por algún motivo siempre imagino La novia vendida a plena luz del día).

El coro titular del Teatro Real tiene una difícil papeleta: su presencia es constante y a menudo envuelta en clave de danza, lo cual obliga a los coristas a ejercer de coristas en la doble acepción del término, cantante y bailarín. En ese sentido, el primer número coral escénico cojeó ligeramente en el timing y por ello la danza quedó algo deslucida, deslavazada. Mejoró notablemente en sus posteriores incursiones, contundente y sin titubeos con la lengua de Smetana y muy exacto en la escena de la firma del contrato matrimonial.

También la ambientación mejora conforme avanza la obra. El segundo acto retrata con mayor naturalidad el provincianismo aldeano (los andares, los outfits, el tergal, ese carromato-taberna y el tendido de telégrafo sí consiguen trasladarnos a una aldea bohemia de principios del siglo pasado). No detectó quien escribe ningún tic en clave patria, lo cual considero un gran acierto: la ópera se sostiene perfectamente renunciando al alegato identitario, porque su valor intrínseco reside más en la música que en el texto.

La de Smetana es una partitura deliberadamente ecléctica, trufada de pasajes que recuerdan al bel canto italiano, al vodevil francés, a la opereta austrohúngara, y todo ello en un autor tildado de wagneriano en su día. Gimeno quiso que la música fluyera y los recitativos se integraron hábilmente en la escena, hasta el punto de que uno apenas los percibió como tales.

Entrañable, tierna, pícara, dulce, fresca, entusiasta… de todo ello va cargada la magistral partitura y la producción que hemos podido disfrutar durante dos semanas. Difícil no salir a la Plaza de Oriente algo más ruiseñor tres horas después. Curioso comprobar cómo el drama rural operístico nos ha legado dos páginas inmortales en lengua checa. Una de ellas, el anverso, la aquí glosada. La otra, Jenůfa de Leoš Janáček, el reverso. Mismos ingredientes, pero carácter totalmente distinto. La obra maestra de Janáček apenas hace concesiones al folclore buenista y pintoresco y tiende sobre el provincianismo un manto más bien ténebre. La temporada próxima podremos escuchar de este último El caso Makropoulos, otra intriga escénica con lo que la cuota checa está asegurada una temporada más.

Cierto, el argumento de la compraventa matrimonial de Mařenka y las astutas artimañas posteriores de unos y otros no pasará a la historia del drama psicológico operístico, pero sí su excelente música y el entusiasmo contagioso que desprende la mayor parte de sus pasajes. La primorosa fuga bailable de inicio, los deslumbrantes y bufonantes recitativos de Kecal, el leitmotiv de Jeník y Mařenka, la oportuna inserción de danzas, el balbuceo de Vašek, las inspiradísimas arias de Mařenka y una orquestación exquisita justifican por sí solos el retorno de este título dentro de un siglo. Si puede ser antes, mejor que mejor.

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