Doce Notas

Teatralia 2026. Dos miradas diferentes, movimientos diferentes

opinion  Teatralia 2026. Dos miradas diferentes, movimientos diferentes

MIKRO / BARTÓK. Cas Public

Asistimos a la nueva creación de la compañía Cas Public y, nada más entrar en la sala, sorpresa. Algo que no esperábamos y que no suele estar dentro de un teatro, allí estaba. Y se percibe por el olfato, luego por la vista; además, ¿hay alguien en escena? Sí, están interactuando con el público. Estamos en el Centro Cultural Paco Rabal-Palomeras Bajas dentro de la campaña escolar, así que hay muchos niños, tres colegios en total, de diferentes edades, pero todos entregados y dispuestos a participar.

Cas Public es ya veterana en Teatralia; esta es la novena vez que presentan una obra. El espectáculo se rotula “sin palabras”, pero si te fijas un poco, ¿están jugando con los números y las letras? Parece ser un simple entretenimiento o distracción con el público que ya ha encontrado su sitio. El resto sigue entrando y acomodándose. Este aparente juego luego “evoluciona” (palabra prestada), que no “revoluciona”, cobra sentido en la representación. En propias palabras de Bartók: “En el arte solo existen desarrollos rápidos o lentos. En esencia, se trata de evolución, no de revolución”.

Un maravilloso trabajo corporal en el amplio sentido de la palabra, una gestualidad vívida, junto con el vestuario y el juego de luces en escena que hace que se potencien los claroscuros, la posibilidad de ver y distinguir, nos deja percibir y nos oculta. Aparecen cuerpos y desaparecen. Se muestran partes, vienen y van creando formas que llegan a ser hipnóticas. Como esas partituras de Béla Bartók en Mikrokosmos, donde los movimientos paralelos, los movimientos contrarios y las secuencias terminan por envolverte. Y esta música inspira la danza, secuencias de ritmos que se repiten junto a la partitura de Béla, y entendemos o no entendemos, da lo mismo, porque nos atrapa y cautiva, siempre en movimiento, como la vida misma, como el tiempo, que no cesa. Como ese metrónomo insistente que acompaña al aprendiz.

Magnífico vestuario, totalmente negro, salvo una pequeña aparición de rojos y blancos vivos; faldas que vuelan, que prestan libertad de movimientos, sugerencias y plasticidad.

Al final parece que sí hay una historia contada, o miles, porque aprendemos imitando, mirando, escuchando y, gracias al arte, sintiendo de otro modo. Esa es la propuesta de la compañía y sus señas de identidad. La directora Hélène Blackburn y su equipo se reinventan, revitalizan su vocabulario y renuevan la manera de acercarse al público.

Boléro. Cie DK59

“Dueto de danza sobre la poderosa, hipnótica y archiconocida partitura de Maurice Ravel”. No se podía elegir mejor versión para el espectáculo: Boléro de Maurice Ravel, interpretado por la Filarmónica de Berlín, dirigida por Herbert von Karajan (1966).

Mientras el público busca sus asientos y se acomoda, los dos bailarines ya están sobre el escenario. Vestuario llamativo, cómodo y con un guiño a España, como nos explicarán un poco antes de empezar la representación. Gilles Verièpe se presenta, nos presenta a su compañera Yulia Zhabina y nos explica en qué consiste su trabajo. Es francés, se nota, pero se hace entender. Ha creado una coreografía inspirada en danzas folclóricas rusas, judías, bávaras y africanas; también en gestos y juegos infantiles e incluso en un baile visto en TikTok que se convirtió en viral. Dicho esto —bueno, todo, todo esto no— comienza el espectáculo.

Suena el Boléro, partitura repetitiva y magistral, cuyas posibilidades parecen inagotables. El propio Ravel parece que la consideraba como su obra maestra, pero vacía de música. Pues, señores, ¡aquí la tenemos llena de vitalidad! Ya se había podido intuir la complicidad de la pareja, pero el despliegue de movimientos, sucesiones, repeticiones de líneas… y esas miradas, semblantes siempre, o casi siempre, sonrientes hacen que el público quede atrapado. Aunque el Boléro suele durar entre dieciséis y dieciocho minutos, según la indicación metronómica que se siga, aquí el espectáculo llega a cuarenta minutos gracias al arreglo y creación musical de Lucas Verièpe. Así les da tiempo a pasárselo bien, jugar, reír, no parar. Hay un trabajo de resistencia impresionante, que más de uno hubiera abandonado.

Podría parecer al inicio, con el escenario vacío, que todo iba a ser demasiado simple. Y quizá lo sea. O mejor, decir que lo simple se torna sencillo, o aparentemente sencillo. Lo mismo que el Boléro, ese ostinato, esos dos compases repetidos 169 veces. Y es en esa sencillez donde todo cobra magia. Las transiciones se perciben, pasamos de una cosa a otra; el juego de luces de Paul Zandbeltnos, con su diseño de iluminación y de sonido, nos transporta a lugares diferentes, quizá a ese patio de recreo inmenso en el que Gilles ha pensado, imaginado. De este modo ocurren cosas diferentes, con tempos diferentes, pausas congeladas dentro del hipnotismo obsesivo del Boléro, imágenes sugerentes, aterradoras, siniestras o cómicas.

Nos proponen jugar y bailar con ellos. ¿Por qué no? El público más entregado los sigue. Aquí triunfa todo y se pone de manifiesto ese cuestionamiento que lleva a Gilles a pensar la coreografía: la relación niño-adulto y su relación con el cuerpo.

Al final nos quedamos con ganas de más. Una pareja de señores mayores reprochaba que todavía quedaba mucho bolero… síntoma de querer un poco más. Nos regalan el significado de ese baile compartido que nos llevamos en el corazón con tanto cariño compartido.

Totalmente mencionable que Gilles dirige regularmente talleres para niños del IME (Instituto Médico Educativo), del IEM (Instituto de Educación Motriz) y para niños con deficiencias visuales, así como en residencias de ancianos o en centros penitenciarios.

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