Doce Notas

Gran espectáculo operístico en el Liceu

opinion  Gran espectáculo operístico en el Liceu

Muchos liceístas aún guardan un espléndido recuerdo de la monumental producción de Pier Luigi Pizzi, estrenada originalmente en la Arena di Verona y repuesta en el Liceu en 2005 y 2019. El nuevo montaje de Gilbert sigue con fidelidad la trama argumental basada en el drama romántico Angelo, tyran de Padoue, de Victor Hugo, debidamente podado por el ingenioso poeta y compositor Arrigo Boito. El director francés resuelve con eficacia las imponentes escenas corales, los aplaudidos números de danza e, incluso, las añadidas escenas circenses. No obstante, el trabajo actoral en las escenas solistas, los dúos y los tercetos queda bastante a la suerte de cada intérprete, con un resultado sensiblemente desigual. Las escenografías de Etienne Pluss y el vestuario de Christian Lacroix no hicieron añorar los de Pizzi, y estuvieron sustentados por un magnífico trabajo de iluminación de Valerio Tiberi. Quizás, tan solo el aparatoso lienzo de la escena de caza de los apartamentos del Dux en Ca’ d’Oro, al inicio del tercer acto, resultó el único elemento un tanto fuera de estética.

La parte musical no pudo encontrar mejor conductor en la experimentada batuta de Daniel Oren. Buen conocedor de la tradición operística italiana, el maestro israelí supo extraer todo el jugo a la rica orquestación de Amilcare Ponchielli, sin perder un ápice del pulso dramático que amalgama la partitura y facilitando en todo momento la labor y el lucimiento de los cantantes. El compositor scapigliato recreó un gran friso musical que funde la tradición romántica verdiana con la fastuosidad de la grand opéra francesa, sin dejar de apuntar soluciones que prefiguran la expresividad musical de la futura escuela verista. Todo ello sobre un trabajo de instrumentación de orfebrería que va pintando, con exquisita sensibilidad colorística, cada una de las escenas y los números musicales desde la orquesta. Oren fue capaz de sacar el mejor partido de todo ello gracias a la complicidad del foso y del coro titulares —este último, con comprometidas intervenciones dentro y fuera de escena—, realizando ambos un trabajo realmente excepcional.

Por lo que al reparto de intérpretes se refiere, en la función del pasado 22 de febrero tuvimos la fortuna de disfrutar de la colosal Gioconda de Ekaterina Semenchuk. Soberbia en el plano vocal y en el escénico, supo dar relieve tanto a los pasajes de mayor calado dramático como a los de un lirismo más íntimo, mostrando un dominio excepcional de los recursos canoros. Àngel Òdena le fue a la par con una interpretación memorable del malvado Barnaba, una actuación de hondo calado dramático e incisiva intuición musical digna de los mejores intérpretes de este rol. El Enzo de Martín Muehle contó con un instrumento portentoso y una caracterización que emula la tradición de los tenori di forza de antaño, de canto heroico y bizarro, aunque fraseado con brocha gorda. La Cieca de Violeta Urmana otorgó gran dignidad canora y dramática a un personaje que atesora una de las páginas más bellas dedicadas a la tesitura de contralto: la arieta “Voce di donna o d’angelo”. Por su lado, Varduhi Abrahamyan resultó una Laura eficiente y de holgados medios, mientras que John Relyea perfiló un Alvise de sólida voz, aunque desdibujada autoridad escénica.

El equipo de acróbatas y bailarines, así como la aportación de la sección infantil del Orfeó Català, redondearon un espectáculo espléndido y encomiable.

________

Salir de la versión móvil