Doce Notas

Una Isolde para el siglo XXI

opinion  Una Isolde para el siglo XXI

El Gran Teatre del Liceu ha iniciado el 2026 con una efeméride musical de gran calado internacional: el debut de Lise Davidsen en el legendario rol de la Isolde wagneriana. La expectativa era máxima, pues al debut mundial de este papel —antes de llevarlo al Metropolitan de Nueva York— se sumaba la primera reaparición de la cantante danesa después de dar a luz a gemelos. Su triunfo, la noche del estreno, fue arrollador.

Después de una década de éxitos internacionales encadenados, Davidsen constituye una de las voces líricas más extraordinarias de la actualidad. Poseedora de un timbre robusto y bellísimo, de gran densidad y homogeneidad en todos sus registros, amén de un caudal sonoro prodigioso, está dotada además de un dominio técnico y de una sensibilidad canora realmente excepcionales, que le permiten abordar con pasmosa excelencia repertorios tan variados como el Lied, Wagner o los Verdi y Puccini más dramáticos. Lo suyo es una feliz e inusual amalgama de facultades naturales superdotadas, consumada sensibilidad y virtuosismo técnico. A ello cabría sumar, hasta el día de hoy, una prudente inteligencia en lo que concierne a la elección de su repertorio frente a la voraz oferta de títulos y propuestas dramáticas.

Conocedora de la capitalidad wagneriana que ejerce Barcelona en la Europa meridional, y del cariño y la admiración que le ha profesado el público catalán en sus diversas actuaciones en Barcelona, Peralada y Vilabertran, la cantante ha escogido debutar como madre e Isolde en el histórico coliseo barcelonés. Un papel de gran exigencia que requiere una importante musculatura y madurez canoras, atributos que la soprano danesa demostró sobradamente poseer la tarde del pasado 12 de enero. Sus medios vocales están a la altura de las más grandes Isoldes de todos los tiempos (Nilsson, Mödl, Varnay, Meier o su compatriota Flagstad), y su sugestión del personaje fue capaz de regalarnos detalles de gran introspección en el extenso monólogo del primer acto, tejer un jugoso y embriagador fraseo en el dúo del segundo y rubricar una conmovedora Liebestod en el tercero. Un debut que augura una de las Isoldes más emblemáticas del siglo XXI.

Le acompañó como Tristan Clay Hilley, un Heldentenor de muy buen oficio que fue capaz de cantar con holgados medios este endiablado papel, logrando superar heroicamente su muerte del tercer acto y alcanzando una óptima compenetración con Davidsen. A la altura de ambos protagonistas estuvieron sus fieles lacayos Kurwenal y Brangäne, encarnados por el portentoso barítono polaco Tomasz Konieczny y la consumada mezzo Ekaterina Gubanova, respectivamente. Brindley Sherratt exhibió autoridad y veteranía como rey Marke, aunque su registro agudo se resintiera en puntuales pasajes. Completaron el reparto con gran eficacia el Melot de Roger Padullés, el pastor y marinero de Albert Casals y el timonel de Milan Perišić.

Susanna Mälkki fue la encargada de llevar a buen puerto el torrente orquestal de esta colosal partitura wagneriana. Muy atenta a las transparencias y a un trabajo casi camerístico de las cuerdas y las maderas, su discurso fue ganando intensidad y mordiente dramáticos a medida que avanzó la representación. Su conducción estuvo plenamente compenetrada con las voces y fue capaz de entresacar los ricos motivos subyacentes y sostener la tensión magmática que recorre la partitura de pies a cabeza. Una labor que fue encomiablemente secundada por la orquesta y el coro de la casa.

En contraste, la nueva puesta en escena de Bárbara Lluch estuvo lejos de colmar los resultados musicales de la producción. Su parca concepción minimalista de la escena no se sustentó en un trabajo actoral relevante más allá de la propia Davidsen, despuntando tan solo el buen trabajo de la iluminación de Urs Schönebaum. Por todo ello, y con la memoria aún reciente del aplaudido Tristan de Àlex Ollé (2017), la nieta de Núria Espert fue severamente protestada al finalizar la función. Por contra, las ovaciones al resto del equipo artístico y, principalmente, a Davidsen, fueron de las que hacen historia.

Lo hemos subrayado en reiteradas ocasiones: el Gran Teatre del Liceu es un escenario, por tradición, sediento de grandes voces más que de ocurrencias escénicas. Confiemos en que la dirección artística siga tomando buena nota de ello.

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