Doce Notas

Marat-Sade en el manicomio global

opinion  Marat Sade en el manicomio global

Fuente: Instagram de Sharon Fridman

 

En este 2021 pandémico, cuando todavía retenemos las imágenes del asalto al símbolo de la democracia estadounidense, las puertas del sanatorio Charenton se abren de nuevo para invitarnos a reflexionar una vez más sobre la revolución.

Estos infelices años veinte están llenos de enfermos individuales, pero también de males colectivos. Al igual que los protagonistas del texto original escrito por Peter Weiss, nosotros también vivimos momentos convulsos; si ahora es una turbulencia biológica la que nos tiene entre la espada y la pared, las turbas de 1808 manchaban de sangre las calles de Francia en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Reconocer la enfermedad social ya era una tarea difícil cuando la lucha por los ideales colectivos podía defenderse sin tapujos, pero hoy la desconfianza hacia lo común hace que nuestras denuncias sean más sutiles: ¿ante qué y por qué nos rebelamos hoy?, ¿Qué es la revolución hoy?

El gran acierto de la versión de Luis Luque es que resuelve lo más complicado: atina en el punto de contemporaneidad. Los grandes conflictos humanos, como la pugna entre los deseos individuales y los ideales colectivos, son clásicos en la medida en que son actuales. Por paradójico que parezca, los clásicos siempre son contemporáneos porque expresan aquello que permanece vivo a pesar de los cambios. Las actualizaciones captan su vitalidad cuando la traducen a símbolos reconocibles, como hace esta versión con la escenografía, la música y la coreografía.

De la mano de los actores protagonistas asistimos a la renovada puesta en escena de un conflicto ideológico entre el Marqués de Sade –interpretado por Nacho Fresneda con un talante racional que recuerda a la versión cinematográfica de Peter Brook– y Juan Codina como el esforzado Jean-Paul Marat, para quien los buenos ideales justifican la violencia. El audiovisual de Bruno Praena, que acompaña al público desde antes del comienzo de la función, conecta el pasado y el presente intercalando flashbacks históricos con imágenes actuales.

Los guiños de esta versión son permanentes y, aunque sutiles, señalan lugares reconocibles por todos. El individualismo egoísta de los marqueses resuena en el mercado capitalista, que ahoga lo común como hacen las serpientes con sus presas. Los poderosos se sientan ahora en los grandes despachos de los bancos, mientras que lo colectivo adolece intentando organizarse desde los trabajos precarios. Tras un «por qué no te callas» lanzado al aire después un discurso grandilocuente, la pantomima musical que ensalza el papel de los reyes como bondadosos representantes del pueblo, provoca las risas del público.

El sonido de la revolución se escucha gracias a la cuidada composición de Luis Miguel Cobo. Los sonidos populares, tan plurales como el trap o el tango, alimentan un musical filosófico que suena cálido en la voz de los enfermos imaginarios.

A la música que cose las escenas se le une el sello inconfundible de la coreografía de Sharon Fridman que, como buen el artesano del tacto, capta lo esencial de los gestos. Los movimientos crean una atmósfera sensualista plagada de ademanes obscenos que bien podría haber sido orquestada por el propio Marqués de Sade. Con tintes del teatro de la crueldad, los movimientos de los actores nos recuerdan que la violencia y el sexo pueden estallar en cualquier momento, y que si no hay «ninguna ética gracias a la estética» es porque la violencia también puede ser bella.

En un momento en el que estamos necesitados de experiencias colectivas como la que ofrece el teatro, todos los actores –desde la presencia de Itziar Castro, la aparente fragilidad de Ana Rujas, o el animado pregonero Eduardo Mayo se ponen a disposición de un simulacro teatral que funde la sensualidad del movimiento con una propuesta filosófica de primer orden.

Cuando Marat y Sade desnudan sus planteamientos, nos desnudan a nosotros. Ponen sus excesos frente al espejo recordándonos la importancia de articular un término medio en el que poder convivir. Ellos, como nosotros, vivieron tiempos convulsos y aunque diferían en los medios para conseguirlo, compartían el deseo de estar bien.

 

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