
Sondra Radvanovsky en ‘Norma’ © A. Bofill
Fiel a su tradición de grandes voces, el coliseo barcelonés congregó un competente reparto de solistas, encabezado por una de las sopranos más cotizadas de la escena internacional, la norteamericana Sondra Radvanovsky .
Habíamos tenido ocasión de apreciar anteriormente las virtudes canoras de la diva americana, tanto en el Festival estival de Peralada – donde cantó este mismo título- como en pasadas temporadas liceístas, en los roles de Aida (2011-12) y de Tosca (2013-14). Poseedora de un instrumento cabal, tanto en potencia como en extensión, y de un dominio técnico prodigioso – con ostentosas exhibiciones de los reguladores-, su sacerdotisa liceísta fue además un derroche de intensidad expresiva Si bien en el primer acto, su interpretación, aunque intachable en lo vocal, resultó algo comedida (su mejor momento fue la temible cabaletta de la primera escena), después del descanso su interpretación fue ganando intensidad y expresividad, rubricando una escena final, junto a Pollione y al Oroveso del debutante Raymond Aceto, francamente excepcional. La suya fue, sin lugar a dudas, una Norma a la altura de las legendarias divas que le han precedido en este histórico coliseo.
A su lado, brilló también con luz propia la exquisita Adalgisa de Ekaterina Gubanova, también debutante en el escenario catalán y dueña de un atractivo y vigoroso instrumento. Sus duetos con Norma, especialmente el segundo acto, fueron una auténtica delicia. El Pollione Gregory Kunde cabe enmarcarlo dentro de una larga tradición, absolutamente fuera de estilo, que tiene por bien asignar el papel del procónsul romano a una voz de tenor con ribetes más dramáticos que belcantistas, a pesar de que existen ya muy buenos ejemplos de versiones que hacen mejor justicia histórica– escúchese, al respecto, el magnífico registro impulsado recientemente por Cecilia Bartoli en Salzburgo (2013)-. Con todo, la prestación del tenor yanqui fue más que notable, luciendo un instrumento radiante que, un tanto estruendoso en sus primeras intervenciones, fue ganando unción lírica a medida que avanzó la función. Completó con autoridad el trío de voces americanas, el noble druida del mencionado Aceto.
El coro de la casa dio buenas muestras de su estado de gracia, coronando su actuación con una vibrante interpretación del exaltado coro de los druidas llamados a la guerra en el último acto. A su vez, los coprimarios Ana Puche (Clotilde) y Francisco Vas (Flavio) cumplieron con mérito en sus respectivos roles.
La orquesta, liderada por el veterano maestro italiano Renato Palumbo, acusó unos tempi excesivamente lentos en algunos pasajes, aunque, por lo general, rindió a un nivel más que notable y supo dar justo relieve dramático a la acción escénica. Una acción ambientada en una época pretérita indeterminada -entre “Juego de Tronos” y “Conan el Barbaro” – y resuelta con un buen movimiento de actores y una monumental escenografía por el equipo de Kevin Newbury.
La noche del estreno, el público premió al conjunto del reparto con sonoros aplausos y ovaciones al final de la representación, donde pudo verse una Radvanovsky sensiblemente emocionada y algún sujeto del equipo escénico anticipando el carnaval.