
Norma. Cortesía Teatro de la Mestranza
Por segunda vez en esta temporada, asistimos en el Teatro de la Maestranza a una ópera de protagonista indiscutible, de una figura de compleja personalidad. Si en Don Giovanni veíamos a un personaje dominado por sus más lascivos impulsos, en Norma tenemos una personalidad mucho más poliédrica, de una complejidad que yo diría única.
Norma, una sacerdotisa gala, se enfrenta a un error cometido tiempo atrás, entregarse al amor y al deseo con un romano, enemigo de su pueblo. Dicho amor queda personificado en sus hijos que debe mantener escondidos. Estas dualidades se ven agravadas cuando Pollione, procónsul romano de quien Norma se había enamorado, deja de amar a esta y se enamora de Adalgisa, una joven y bella novicia del templo.
Todo esto provoca en nuestra protagonista múltiples encrucijadas que le producen sentimientos contradictorios. Y la única solución posible será su propia muerte, denunciándose a sí misma ante todos los miembros del templo.
No es poca la dificultad que entraña representar en escena a un personaje tan complejo y contradictorio, y si a esto se le añade además una extensa e intrincada línea vocal belcantista resulta casi imposible defenderla con total éxito. Por ello es un rol al alcance de muy pocas cantantes.
En la mente de todos permanecen las Normas de Callas, Caballé, Sutherland o Scotto y resulta imposible evadir la comparación con el resto de intérpretes de este personaje. Vocalmente, se requiere una amplia tesitura con fuerza en los graves y brillantez en el agudo que le permitan el paso del dramatismo a la agilidad cuando la ocasión lo requiera, y un dilatado fiato para dominar satisfactoriamente el extenso fraseo.
Daniela Squillaci, que defendía el papel de Norma, tuvo momentos de enorme mérito, sobre todo en pasajes de gran agilidad, pero su condición vocal resulta demasiado ligera para este personaje y sus frecuentes cortes de fiato le dejaron en evidencia en más de una ocasión. Aun así, supo adecuar el personaje a sus características y con la ayuda de un acertado Benini al mando de la orquesta, defendió con honores un rol que le supera. En cuanto a los valores teatrales tampoco supo transmitirlos adecuadamente, suponemos que por las deficiencias en lo vocal.
La sorpresa de la noche, al menos para mí, la dio el tenor toledano Sergio Escobar (Pollione) en el que era su debut teatral en España. Tras su paso por diversos teatros italianos recala en su país natal demostrando muy buenas condiciones vocales y escénicas. Rellenó con sabiduría las debilidades de Squillaci e hizo crecer a Ganassi (Adalgisa) en unos números de conjunto dignos de ser reseñados. Auguramos un brillante futuro a este joven tenor en un repertorio que actualmente cuenta con grandes intérpretes, y Escobar, con un poco de tiempo, podrá contarse entre ellos.
Para Sonia Ganassi, seguramente, no fue su mejor noche. El rol de Adalgisa le sobrepasó en innumerables ocasiones. Su voz no mostró brillo ni agilidad y hubo de sustituirlo con lucimiento en los agudos sin demasiada suerte en el intento. Si estuvo correcto Rubén Amoretti en el rol de Oroveso, el jefe druida, mostrando una gran proyección y un fraseo coherente a su personaje.
Mireia Pintó (Clotilde) y Vicenç Esteve Madrid (Flavio) contaron con pocos momentos de escena, cosa que acusan en mayor medida los secundarios en obras con mayor presencia de los protagonistas. Ambos enfocaron sus personajes de forma adecuada.
Pero si algo impulsó a esta representación a su éxito final fue la gran interpretación a cargo de la orquesta y la acertada dirección de Maurizio Benini. Este director, gran conocedor del repertorio belcantista italiano enfocó el fluir de la orquesta en el canto y en los cantantes. Supo adecuarse perfectamente a las exigencias de cada personaje y a las capacidades de cada intérprete logrando además de una constante cohesión musical un agradable acompañamiento en los momentos de mayor exigencia vocal. La orquesta respondió de forma extraordinaria a las exigencias del director y demostró magníficamente su buen hacer –cosa que debería hacer reflexionar a la dirección del teatro, pues los directores invitados (como ya pudimos comprobar en Don Giovanni) sacan mayor partido de la orquesta que su propio director titular. Destacable la labor de flauta y clarinete en los innumerables momentos solistas que para estos instrumentos concibió Bellini.
Idéntica valoración merecen los integrantes del Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza dirigidos, de manera excepcional, como siempre, por Íñigo Sampil. Y especial mención para los miembros de la Orquesta Joven de Andalucía que participaron como banda interna.
La sencilla y práctica escenografía fue concebida por William Orlandi y resulta muy atrayente y útil. La escena consta de varios paneles móviles en primer plano que nos dejan ver las diferentes localizaciones y escenarios según los elementos que conforman el fondo: el altar, el bosque, el templo, la hoguera, etc.
Podemos concluir que la representación fue un éxito, aunque lejos del completo apoteosis. La ovación final a la soprano italiana significó el reconocimiento al esfuerzo demostrado por la cantante. El público sevillano volvió a reencontrarse con el belcanto y pudo volver a disfrutar de la magnífica partitura de música teatral que nos legó Bellini y que aún sobrevive al implacable paso del tiempo.