Doce Notas

Folclorismos decadentes y valores emergentes

opinion  Folclorismos decadentes y valores emergentes

Angela Gheorghiu y Saimir Pirgu. Cortesía Gran Teatro del Liceu

Como no era de extrañar por parte de la diva rumana, hubo abundante derroche de coquetería escénica que, en el turno de bises y propinas, alcanzó unos tintes de folclorismo trasnochado más propios de un cabaret que de una gala lírica (a pesar de que, en los tiempos que corren, en el escenario del Liceu se ha visto ya casi de todo).

A favor de los intérpretes, vale decir que el programa que presentaron fue ambicioso y generoso, incluyendo un gran número de arias y duetos de diversos compositores y periodos: del barroco haendeliano hasta el verismo italiano de Puccini y Cileà, pasando por el bel canto de Donizetti y el romanticismo de Verdi y de las escuelas francesa (Gounod, Massenet) y checa (Dvorák). Un programa ecléctico, a modo de pastiche operístico de los de antaño, sin ninguna otra lectura ni concepción estética más allá que la de propiciar la pura exhibición canora.

La primera parte del programa puso de manifiesto que las dotes vocales de Angela Gheorghiu ya no son todo lo que fueron. Su voz ha perdido esmalte, agudos y frescura, cosa que la pícara soprano intenta compensar con un canto más afectado y manierista, como bien pudo apreciarse en la interpretación de sus arias de Le Cid y en sus duetos de La Traviata y L’elisir d’amore. Durante la segunda parte, hizo valer su habilidoso dominio de los recursos canoros para ofrecer la mejor versión de sí misma en el dueto de Romeo et Juliette de Gounod y en el aria de la luna de Rusalka. Con todo, su exageración caprichosa de los tempi y las dinámicas puso en apuros en más de una ocasión al joven director Ramón Tebar.

A su lado, brilló con luz propia el joven tenor albanés Saimir Pirgu. Poseedor de un instrumento de bello timbre, envidiable proyección y elegante línea canora, sedujo al público liceísta ya de entrada con su primera intervención solista en el aria “Parmi veder le lagrime” de Rigoletto, seguida de una memorable “Una furtiva lagrima”. Aunque en los duetos se le escuchara algo comedido y bastante pendiente de la veterana diva, durante la segunda parte certificó su extraordinaria valía en las arias “È la solita storia” de L’Arlesiana y  “Ah! lève-toi, soleil!” de Romeo et Juliette, coronados con agudos como soles. Sin lugar a dudas, sus intervenciones fueron lo mejor de la noche, líricamente hablando.

En el terreno instrumental, hubo reiterados desajustes entre la orquesta y las voces, alcanzando la primera su mejor momento en los preludios e intermezzi de la segunda parte.

En el plano del espectáculo, la cantante rumana se soltó la melena en el turno de los bises, que comprendió un total de hasta 7 números. Luciendo su tercer modelito de la noche –el primero de resonancias griegas, el segundo al estilo “chica ye-yé” y este último a lo sirenita floreada–, la soprano coronó su actuación con una emotiva interpretación de la clásica “O mio babbino caro”, después de la cual todo fue un cuesta abajo, a excepción de la colosal interpretación de la infrecuente aria de I lombardi a cargo del tenor albanés. El momento más sonrojante de la velada llegó con la interpretación, por parte de la diva, de dos piezas folclóricas rumanas de ejecución casi improvisada y rematadas con un solemne y estrepitoso gallo –el segundo que se le escuchó.

No obstante, cabe señalar que buena parte del público se dejó llevar por la chispa escénica de la soprano y acabó ovacionándola después de su vistosa interpretación de la popular  “Granada” del mejicano Agustín Lara. Quien sabe, quizás en un futuro próximo podamos redescubrirla en su faceta de cantaora. Ya lo reza el dicho: “a la vejez, viruelas”.

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