El chelo con sordina abre el segundo de los Tríos, el op. 67, para en el séptimo compás entrar el violín. Las reminiscencias autóctonas lindan con un Rajmáninov o un Chaikovski, hay momentos de humor en el uso del pizzicato, secuencias posteriores de acrobacias y danzas de estilo siniestro. En 1967, y a pesar de una terrible dolencia medular crónica, tiene lugar la composición del Ciclo de canciones sobre poemas de Aleksandr Blok para soprano, violín y violonchelo. Se avecina lo peor, el temible desenlace. Suena el dolor, el lamento por el amado difunto de la Canción de Ofelia. Habla de la luz y de las sombras. Sobrecoge cuando habla “de la victoria del malvado, de la muerte del bueno”, en el primero de los textos. Siempre nos queda la música, en el final de los poemas. “¡Oh, música, soberana de la tierra! A pesar de la muerte y los tormentos, a pesar del dolor, que la última copa que vacíe sea, humildemente, en tu honor”. Disco redondo a nivel instrumental y vocal. Buen trabajo.
Shostakóvich
