
La relativa corta edad de la agrupación, sumada a la vitalidad de Kees Bakels, dotan de aire fresco a la música de Rimski-Korsakov. Contagia escuchar la vertiginosa interpretación de la festiva Obertura opus 36 e hipnotizarnos auditivamente con la encantadora Sadko. Ogawa desata la pasión en forma de tecla, a través del breve Concierto para piano, op. 30.