
El pasado domingo 12 de julio concluyó la 2.ª edición del FIMMUR tras dos fines de semana musicales con un total de cuatro conciertos, todos ellos celebrados en la iglesia de Santa María, sede de este festival creado y dirigido por la violonchelista Mayte García Atienza (foto dcha.) y patrocinado por el M. I. Ayuntamiento de Requena, a través de su concejala delegada de Cultura y Turismo, M.ª José Martín Muñoz (foto izq.). También se renovó la colaboración con la D. O. Utiel-Requena en un año en el que Requena ha sido declarada Ciudad Española del Vino, un prestigioso reconocimiento que llena la localidad y sus alrededores de catas, festivales y eventos enológicos. Tras los conciertos del Quinteto FIMMUR y el Dúo Adelaida, le tocó el turno al pianista Carlos Apellániz (foto), antes de que el festival concluyera, un día después de su actuación, con el Dúo Lapaz Lombardo. En el programa de Apellániz figuraban obras de Chopin y Liszt.
Chopin compuso un total de 21 nocturnos, dieciocho de los cuales se publicaron en vida del compositor y tres de manera póstuma. A todos ellos, al igual que al opus chopiniano en general, les subyace un carácter improvisatorio. La novelista y periodista francesa George Sand (seudónimo de Amantine Aurore Lucile Dupin), amiga y amante de Chopin, describe las grandes dificultades que este tenía para plasmar en el papel las ideas que ya había ejecutado íntegramente al piano. En aquella época, la improvisación tenía mucha más importancia que hoy en día, tanto en la formación como en el ámbito de los conciertos, y Chopin era famoso por su capacidad de dar rienda suelta a su imaginación y divagar sobre el teclado.
Este carácter improvisatorio ha conducido no pocas veces a interpretaciones muy libres en el sentido rítmico. Una libertad que, desde mi punto de vista, enturbia el decurso de unas piezas que se polarizan entre una cierta libertad agógica y el rigor rítmico. En Chopin no es difícil detectar esta polarización entre una clara rítmica, a menudo procedente de determinadas danzas populares polacas con su pulso métrico estricto (mano izquierda), y un melodismo belcantista que respira y oscila con irregularidad (mano derecha). Pues bien, esta cualidad, poco común a mi entender, fue el leitmotiv de Apellániz en sus interpretaciones de los Nocturnos op. 9 n.º 2 y op. 27 n.º 1, así como de los póstumos en mi menor y do sostenido menor; de los Valses op. 69 n.º 1 y 2; de la Fantasía-Impromptu op. 66 y de los Estudios op. 10 n.º 3 y 12. Incluso el rubato, el rasgo rítmico más famoso de Chopin, el pianista guipuzcoano lo trató con suma sutileza, dilatando y contrayendo el tempo no más de lo necesario. Este recurso se convirtió durante el Romanticismo en la herramienta fundamental para dotar a la interpretación de una profunda expresividad emocional, muchas veces malentendida hoy en día al cruzar la fina línea que separa lo genuinamente romántico de lo romanticoide, de la exageración de dicho recurso y de otros, como los vaivenes dinámicos.
A lo largo del Liebestraum n.º 3 y, especialmente, de la Consolación n.º 3 de Liszt, esta última fuertemente influenciada por Chopin, Apellániz mantuvo el tono profundo y sincero de su interpretación al acentuar el carácter cantabile de la pieza, manteniéndolo al mismo tiempo dentro de unos límites razonables gracias al suave y arpegiado acompañamiento de la mano izquierda. El colofón de su recital lo puso el Miserere du Trovatore, la brillante paráfrasis pianística de Liszt a partir de la famosa escena de la ópera Il trovatore, de Giuseppe Verdi.
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