
Si no fuera por las ruinas de su castillo, Hukvaldy, a unos 30 kilómetros al sur de Ostrava, al este de Chequia, sería conocida únicamente como la cuna de Leoš Janáček (1854-1928). A las 10 de la mañana la casa museo abre sus puertas y tres espontáneos nos adentramos en su bien preservada privacidad, su particular locus amoenus. No es esta su casa natal (reconvertida aquella hoy en escuela municipal), sino más bien su morada jubilar. En el número 79 de Hukvaldy el visitante se familiariza con la recta final vital del compositor checo más universal, después de Antonín Dvořák.
Como todo hijo de vecino, Janáček tenía su retiro estival. Mahler, Brahms, Strauss, Szymanowski…, desde los Alpes hasta los Cárpatos, los compositores de finales del XIX huían de la ciudad en los siempre anodinos meses de julio y agosto. De ahí el interés que despiertan estos refugios entre las almas fetichistas. Aquí pasaban a limpio sus ideas bosquejadas durante el año académico, una vez dispensados de los compromisos citadinos. La peculiaridad de este domek (casita) reside en que Janáček la diseñó deliberada y concienzudamente para su etapa final. Aquí estampó los primeros apuntes de su célebre cuarteto Cartas íntimas, al tiempo que revisitó su infancia. Fin de ciclo en la campiña morava y últimos brotes verdes. ¡Pero qué brotes verdes!
Su mueble secreter -ahora entiendo lo de secreter- custodia parte de la correspondencia con Zdenka Janáčková, la esposa, y Kamila Stösslová, la musa. Un cajetín para la cónyuge, uno para la amante y uno para el domek. En el escritorio de la sala anexa se conservan tres fotos coetáneas escenificando así el triángulo en el que vivió el compositor en su última década. A simple vista se aprecian los 35 años de diferencia con la tercera en discordia o concordia, según se mire.
Desde hace más de 60 años el Leoš Janáček International Music Festival, con sede compartida entre Ostrava y Hukvaldy, recuerda cada primavera-verano al genio moravo. No es el único festival Janáček en Chequia. Brno, ciudad en la que prácticamente desarrolló toda su actividad musical, también honra a su hijo adoptivo en octubre.
No dejamos, no obstante, Hukvaldy, la campiña moravo-silesiana, la antesala de los montes Beskidy. El paisaje próximo no parece diferir mucho del que divisara Janáček en sus últimos días. La herencia etnográfica sigue aún visible en sus maderas centenarias y su rica tradición folclórica, perpetuada gracias a festivales como el de la vecina ciudad de Rožnov pod Radhoštěm. Como buen centroeuropeo, y al igual que Bartók, Kodály o Szymanowski, se lanzó a rastrear la música tradicional de su vecindad inmediata. Un címbalo y un sinfín de partituras corroboran su interés por la musicología local. La ilegible caligrafía pentagramática de Leoš intentaba cazar al vuelo, como los pintores impresionistas la luz, aquellos sonidos del ciclo natural. No solo el cacareo de las gallinas o el mugir de las vacas, sino también la cadencia de algún vituperio moravo u otras lindezas del sincopado idioma checo.
La casa museo conserva algunos facsímiles de esa transcripción, instantáneas acústicas capturadas en la red pautada: el universo sonoro de su infancia. Eso explica, y muy bien, el irresistible encanto y la cercanía de La zorrita astuta. Aquello de que «a la vejez, viruelas» nos viene ni que pintado en el caso de Janáček. Los éxitos que catapultaron al genio moravo —léase Jenůfa, La misa Glagolítica o sus dos cuartetos— vieron la luz tardíamente y se engendraron, parcialmente al menos, en los asuetos de Hukvaldy.
Cuando quien aquí divaga pedaleaba junto a Hukvaldy Dvůr, Alžběta Poláčková (soprano) y Martin Levický (piano) liquidaban el set de canciones moravas Moravská lidová poezie v písních, la primera obra del concierto de clausura del festival. El ciclista accidental se pasó de frenada (todo lo que se puede frenar cuando la carretera pica hacia arriba) y se aventuró erróneamente por las colinas de Mniší. A tiempo estuvo de desandar el recorrido para recular y escuchar el tema Koleda milostná que Vítězslava Kaprálová y Bohuslav Martinů compusieron al alimón, las miniaturas Písničky na jednu stránku del segundo y cuatro canciones de Mikuláš Schneider-Trnavský, amén del Zdrávas Maria, también de Janáček. Tuvo ocasión de escuchar a su vez la propina final, la única cuya letra pudo entender: el Summertime de George Gershwin.
El recién remodelado establo de Hukvaldy se presta a la perfección para el repertorio camerístico. Poláčková arrolló con su poderosa voz de soprano lírica. La prima donna de la ópera de Praga no se guardó nada en el diafragma y desplegó todo su colorido eufónico en lo más parecido a un recital de lied checo que uno haya escuchado. A ello contribuyó, sin duda, Levický, atento al quite, buen acompañante y apuntalador de los cuatro autores checos en liza. De la parte que sí pudimos escuchar nos quedamos con las siete miniaturas de Bohuslav Martinů, hojas de álbum breves pero intensas, microrrelatos sonoros que se detienen y cesan súbitamente, cuando el oyente acaba de aterrizar en la historia.
IA, IA, IA
Sostiene Elon Musk que el dinero pronto desaparecerá; quizás también lo haga en breve el talento, el mérito artístico. Cuando la IA se apodere de cada uno de nuestros pequeños quehaceres y rutinas diarias poco importará el esfuerzo, la dedicación, la creatividad y eso que algunos llamaron genio dos siglos atrás. Todo lo delegaremos al dichoso prompt. O quizás la IA nos leerá el prompt antes que la mente.
Existe una convención más o menos establecida de quiénes fueron los grandes compositores del siglo XX. Si encuestáramos a 20 expertos sobre los 20 compositores más relevantes del siglo XX, quizás todos ellos coincidirían en al menos cinco o seis nombres. Es decir, hasta el año 2000 había un canon que tenía razón de ser y que muy pocos osaban contravenir.
Después llegó la sociedad líquida, la posverdad y la omnipresente IA, y todo dejó de tener razón y razón de ser. No seguiré dando rienda suelta a mi cerril negativismo, tan solo dejar constancia aquí de mi frontal desacuerdo con el tecnoentusiasmo y el mantra del “todo depende del uso que se haga”.
En mi particular top 20 del XX situaría sin lugar a dudas a nuestro invitado de hoy, aunque su producción ciertamente arranque en el XIX. El checo es de los últimos compositores que uno recuerda capaces de remover nuestras entrañas y conmovernos en lo más hondo con su música. Las vanguardias posteriores condenaron los sentimentalismos al desván.
¿Cuál será el canon del siglo XXI, cuando quien escribe y lee estas líneas ya no estén? Seguramente a estas alturas del partido la pregunta carezca tan siquiera de sentido alguno. En los tiempos de la visibility establecemos ránkings a todas horas, eso sí, perecederos: duran lo que duran y valen lo que valen. Nada se graba en piedra, no hay verdades como puños… Vivimos permanentemente obnubilados, siempre en la nube.
Uno apenas ha aprendido nada nuevo desde los 25, lo cual implica, en mi caso, que el siglo XXI es un siglo en blanco. El siglo XXI no existe. Transcurrido el primer cuarto del mismo, sería incapaz de nombrar un compositor actual inmortalizable con un mínimo de rigor y durabilidad.
A partir de los 25 uno no hace más que desaprender o luchar contra la senilidad precoz. Los olvidos son (i)rreparables. Para eso tenemos la IA a mano. Una sociedad que masivamente virtualiza su vida analógica e intenta trasladar su voracidad virtual al mundo offline difícilmente podrá establecer unos pilares, unos cánones, unos cimientos inamovibles. Todo será éter y nube en continuo cambio. Por tanto, absurdo se me antoja intentar categorizar, jerarquizar u ordenar el conocimiento.
El cientificismo, la única religión que rige realmente la vida de creyentes y no creyentes, proporciona cierta sensación de progreso. Las certidumbres también se esfuman entre ese anhelo exponencial de consumo virtual, esa insana querencia por la monitorización de los aspectos más peregrinos del día a día.
Uno se siente aún del siglo XX, con sus luces y sus sombras. Un cuarto de siglo para aprender y dos para desaprender. Tengo la extraña sensación, que diría Orhan Pamuk, de que todo lo reseñado no es más que un vano y estéril anhelo de perpetuar aquellas tres o cuatro convicciones-guía que uno adquirió de joven. Parafraseamos sin cesar, nos repetimos hasta la saciedad y, por último, chocheamos.
De todo lo que consumí años ha en Radio 2, Radio 3 o en Catalunya Música, cuando uno era capaz de sintonizar cinco horas de música al día, me quedaron algunos nombres propios y algunas filias. Lo demás fue expurgado. El spam siempre gana por goleada. Intentamos salvar simplemente aquello que creíamos incuestionable, sagrada escritura en su día. Uno se resistes, escuchando En un camino cubierto de hierba, a que la maleza desdibuje por completo el trazo de las sagradas partituras.
O puede que uno ande equivocado y deba esperar a sus últimos años para dar con la tecla, como le sucedió al bueno de Janáček. Jean Sibelius (1865-1957) se retiró del oficio cuando el checo empezaba a saborear las mieles del éxito. He aquí dos bigotudos ilustres, dignos de ser recordados. Desde Ainola y desde Hukvaldy, a salvo de la modernidad, del chat y del progreso urbano, he aquí dos universos musicales únicos e irrepetibles. Dos lenguajes que bien merecen ser escuchados de vez en cuando entre tanta onomatopeya y rebuzno.
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