
Más allá del acercamiento musical y de las cuestiones técnicas concretas, el CD es un objeto artístico con una entidad concreta, poética, muy sugerente y, como balance general, muy disfrutable.
Los relatos, ya sean orales, escritos, como representación o musicados, vuelven una y otra vez sobre la idea del bien y el mal, yendo desde la circunstancia hasta el arquetipo. Ubicándonos en un marco estético concreto, podemos encontrarnos con que la ópera del siglo XVIII repasa en sus libretos, frecuentemente enmarcados en lo mitológico, esta dualidad en oposición.
En el CD If love’s a sweet passion, de Arianna Savall, Petter Udland Johansen y Die Freitagsakademie, bajo la dirección de Katharina Suske, el título, que hace referencia a la queja de amor del número homónimo de The Fairy Queen, de Purcell (un buen ejemplo de la afición de las letras barrocas por juntar opuestos en una sola idea), sumado al detalle de la sugerente acuarela de William Blake como portada, funciona como puerta de entrada de una propuesta discográfica que reconstruye para el paladar posmoderno —o un paladar posmoderno más bien hedonista— el gusto dieciochesco y su visión sobre aquellos dos grandes temas.
Las piezas escogidas transitan por la fascinación por el amor, la belleza, una pasión estilizada y lo trágico. La manera en que esto queda enmarcado en la acotada ética del siglo XVIII tiene un fiel reflejo en una sonoridad preciosista, expansiva cuando es necesario y de un dulce recogimiento cuando el tema lo amerita.
Para quien no haya escuchado a Arianna Savall, se encontrará con lo esperado: la manzana no ha caído lejos del árbol —es hija de Jordi Savall y tiene un gusto delicadamente exquisito—, pero es una música ya madura, en la que escuchamos una entidad propia. Si a algo remite su sonido es, sin duda, a la vocalidad de las sopranos de la primera gran ola de intérpretes del movimiento Early Music, que tiene en Emma Kirkby su ejemplo más paradigmático. Es un sonido sin apenas vibrato, preocupado más por los afectos que por la exhibición virtuosística y, en el caso de Savall, una emisión de soprano ligera, siempre desde la delicadeza, a veces en exceso, quedándose al borde de lo destemplado e incluso con alguna imprecisión hacia el agudo. En el caso del tenor Petter Udland Johansen nos encontramos con una emisión muy parecida, en la que se agradece la inteligibilidad del texto y, curiosamente, fría a la vez que expresiva.
Ahora bien, una de las dos cosas que hacen que este disco se disfrute es, sin duda, el buen dúo de ambos cantantes. La suma de la emisión es pareja, delicada, pero sin destemplarse y con un fraseo siempre justo. La otra cuestión es el desempeño de Die Freitagsakademie, con Katharina Suske al frente, inspirado y creativo, brillando en la chacona de Terpsichore, de Haendel, consiguiendo un sonido generoso sin traspasar los límites del pequeño o mediano formato y correctamente teatral.
Más allá del acercamiento musical o de la solvencia en cuestiones técnicas concretas, el mayor acierto del disco reside en su capacidad para construir un universo sonoro de gran coherencia, poético y profundamente evocador.
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