Doce Notas

Great Brit’s Hits del XX en un music-hall del XIX

notas al reverso  Great Brit’s Hits del XX en un music hall del XIX

El anglicismo music-hall es un claro ejemplo de metonimia doble: contenido por continente, continente por categoría. La RAE recoge hasta tres acepciones del préstamo: sala donde se representan espectáculos de variedades, espectáculo de variedades propiamente dicho y género en el que se engloban dichos espectáculos.

El Wilton’s Music Hall, sito en el East End londinense, a 20 minutos de Tower Bridge y muy cerquita del otrora truculento barrio de Whitechapel, se vanagloria de ser uno de los music-halls más vetustos del planeta. Music hall, que no concert hall. Los espectáculos de variedades, los vodeviles y las revistas (otra bonita metonimia) han pasado a mejor vida, pero el Wilton’s se vuelve a reinventar. A uno le vienen otros ejemplares a la cabeza, como el Teatro Maravillas de Malasaña, el Magischer Theater de El lobo estepario de Hesse o el Blauer Engel lubequés de Heinrich Mann, donde Marlene Dietrich hizo sus primeros pinitos.

Stalls llaman los ingleses al patio de butacas, la misma palabra que utilizan para “establo”. Lo cual no debería extrañarnos, porque nuestros teatros de antaño se conocen como corralas. Y el paraíso, último escalafón del anfiteatro, coloquialmente como gallinero. En efecto, el parterre (platea) estaba al nivel de a pie, a ras de tierra. Es previsible, por ello, que en los primigenios patios de butacas (sin butacas entonces) se escucharan relinchos de fondo cuando alguien desentonaba sobre el escenario. El stall del Wilton’s Hall acogió un concierto muy british el pasado 30 de abril a propósito de la actuación camerística de la Chromatica Orchestra. Bajo la dirección de Tess Jackson y con el elocuente título de Echoes of Albion, ofreció un programa eminentemente patrio, compendiando, en cuatro obras, 130 años de música inglesa para cuerda. Desde la Serenata para orquesta de cuerda en mi menor de Elgar (1892) hasta la obra Talisman de la joven compositora Freya Waley-Cohen, haciendo escala antes en el Concierto para clarinete en do menor de Gerald Finzi y cerrando la velada con las conocidas Variaciones sobre un tema de Frank Bridge, op. 10, de Benjamin Britten.

Alexandra Coghlan firma unas excelentes notas al programa, de un enlightenment abrumador. Familiarizar al oyente con las obras que en breve sonarán no siempre es tarea fácil. Muchos caen en el anecdotario; otros fusilan a discreción y alguno habrá, digo yo, que delegue a ciegas (y a sordas) directamente en la IA. Encontrar el término medio entre el contexto histórico (the story behind the music, lo llama) y el análisis musical para el gran público, apelando al oído (things to listen out for), es lo que persigue y logra la autora.

La Serenata para cuerda de Elgar no deja de ser un suspiro, una obra breve pero de cuño posromántico, como casi todo su opus. El Concerto for Clarinet and Strings in C Minor de Gerald Finzi (1901-1956) —strings es el común denominador— es una rara avis en su género, motivo por el cual a día de hoy no le faltan benefactores, como el reconocido solista Julian Bliss, quien nos brindó una interpretación impecable. Finzi, compositor poco conocido en nuestras latitudes, es el eslabón entre la generación de Ralph Vaughan Williams y Benjamin Britten. Pocos años antes de su muerte concluyó esta partitura concertística, dividida en las canónicas tres partes, pero como si cada una de ellas procediera de una autoría distinta. Las recurrentes disonancias del Allegro vigoroso podrían incluso inducirnos a pensar que se trata de una partitura levemente atonal. Por el contrario, el segundo tiempo presenta un idílico y contemplativo pasaje lento, desprovisto de estridencia alguna. Es, no obstante, en el rondó final donde Bliss da rienda suelta a todo su arsenal de resortes tímbricos, en una exigente recapitulación final que no concede tregua ni al solista ni a la orquesta, alcanzando su cénit virtuosístico en la coda final.

Helado mediante —en UK siguen abonados al dulce en los entreactos—, nos plantamos ante la obra más coetánea del programa, concebida solo seis años atrás. Talisman de Freya Waley-Cohen (2020) explora nuevos resortes del formato camerístico, otorgando por instantes un papel casi autónomo a cada instrumento de cuerda. No pudo quien escribe escuchar el highlight de la noche: las Variaciones sobre un tema de Frank Bridge (1937) de Benjamin Britten (1913-1976), una obra que marcó un antes y un después en el devenir del compositor, de quien hogaño celebramos el 50.º aniversario de su muerte.

Así que hubo que desalojar in a rush este laberíntico pub, un music-hall reconvertido por unas horas en concert hall. No dará uno fácilmente con el vetusto inn londinense a menos que vaya ex profeso. Grace’s Alley no sale en las guías ni viene de paso: un cul-de-sac semipeatonal en un ángulo muerto del East End.

Desde 1859 lleva ininterrumpidamente el nombre de Wilton’s Music Hall, cuando su propietario, John Wilton, enderezó la deriva prostibularia del pub The Prince of Denmark (también conocido como Mahogany Bar) adosando una sala de conciertos al populoso bebedero cockney. Quinientas lámparas de gas garantizaron la luz tenue prescriptiva para el can-can, la música afrobritánica, las acrobacias circenses y otras fruslerías varias. Se publicitó en su día como “noisy but orderly”. Seguramente, la fórmula magistral que mejor se aviene a la definición de pub inglés. Gracias a iniciativas como la de la Chromatica Orchestra, pudimos prescindir durante dos horas del noisy.

El encanto de unas bóvedas ornamentadas por una citarista y una flautista orientalizantes, que acumulan a techo vista mohos, vahos, humaredas, evanescencias, ecos (Echoes of Albion, entre otros)… y en las que, muy levemente, resuena, a intervalos de quince minutos, el paso del convoy ferroviario urbano procedente de Tower Gateway.

Si algún día se deja caer por allí pretextando alguna quimera musical, recuerde que a 100 metros en línea recta del Wilton’s Music Hall se halla el Jack the Ripper Museum. Una manera de matar dos pájaros de un tiro, nunca peor dicho.

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