
Una propuesta de delicada y poética solidez, que nos recuerda que aún se pueden decir muchas cosas al piano más allá de las vacas sagradas del canon.
Dentro del espacio que hemos convenido en llamar música clásica, lo que de nuevo se compone ha cargado desde hace décadas con el sambenito de ser inaccesible y de arrojarse sin miramientos a la experimentación. Sin embargo, en las últimas décadas hemos sido testigos de varios cambios; uno de los más notables es precisamente su relación con el gran público, dejándose escuchar más fácilmente músicas que manejan códigos cercanos al oyente promedio (el que escucha Mahler, Bach y Mozart, por ejemplo). Otro cambio relevante es en cuanto a los límites de lo que es música clásica o, visto de otro modo, la reconsideración del concepto de música clásica. Sin estridencias ni pretensiones, el CD Kodama de la artista Ayako Fujiki (por cierto, grabado con la tecnología de reproducción automática Spirio de Steinway) nos plantea ambas cosas, con ocho piezas que habitan los límites de la música clásica y con un material que se organiza desacomplejadamente en lo tonal, pero que plantea delicadas subversiones.
La primera pista comienza con una cita —no literal— de The Little Shepherd (de Children’s Corner de Debussy), pero Fujiki está, en cuanto a lenguaje, lejos de Debussy, aunque cerca desde lo poético, con lo que resulta uno de los dos homenajes explícitos del CD. El segundo está en la tercera pista, titulada sin rodeos Hommage to Ryuichi Sakamoto. Por otro lado, es particularmente interesante y sugerente cuando Fujiki subvierte el tópico sonoro. Snow Crystal se nos presenta con un movimiento pausado en acordes en un registro central del piano y, cuando llega a una especie de word painting que se acerca más a nuestras expectativas de a qué suena de manera abstracta un cristal de nieve, no se queda allí mucho tiempo. A esta pieza le sigue Romance, una pieza de una agitación controlada pero patente, que transcurre gran parte del tiempo sobre y en un obstinato rítmico que intranquiliza. En ambos casos, la manera en la que está planteado no se percibe como una subversión de las expectativas del oyente, como el artista plástico que quiere solo desconcertar con una instalación, sino como espacios otros de significado que son bellamente sugerentes, y esta es, sin duda, una de las mayores virtudes del CD.
Cabe destacar que, aunque el piano está en todas las piezas, las hay también a cuatro manos y una con trío (violín y violonchelo), algo que aporta variedad. Por último, es interesante también que el CD esté acompañado por un libro de poemas.
En definitiva, una propuesta de delicada y poética solidez, que nos recuerda que aún se pueden decir muchas cosas al piano más allá de las vacas sagradas del canon.
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