
Hacía años que la Sinfónica de la Radio de Fráncfort (hr-Sinfonieorchester) no interpretaba la monumental Sinfonía n.º 9 de Gustav Mahler de cabo a rabo, a pesar de su profunda y prolongada dedicación a la misma, avalada a través de grabaciones de referencia e inolvidables actuaciones en vivo bajo las batutas de prestigiosos directores. Su excelente reputación en este sentido ha convertido a esta agrupación en una de las mayores expertas del repertorio mahleriano a nivel mundial.
Bajo las órdenes de su actual director titular, Alain Altinoglu, la formación de la capital del estado federado de Hesse realizó una lectura profundamente reflexiva a la vez que emocional, centrada en la grandiosa arquitectura de esta última sinfonía completada e instrumentada por el propio Mahler antes de su muerte en mayo de 1911. De hecho, Mahler compone la pieza con todo detalle, compás por compás, sin hacer la menor concesión a la comodidad del easy listening, tal como apunta Adorno en Mahler, una fisiognómica musical. Desde los primeros compases del Andante comodo, Altinoglu optó por un tempo contenido, casi introspectivo, permitiendo que las líneas respirasen con naturalidad. La orquesta respondió con una transparencia admirable, dibujando el pulso vacilante en las cuerdas con una fragilidad conmovedora, mientras que las maderas emergieron con claridad casi camerística. No hubo aquí un Mahler desbordado o excesivamente retórico, sino uno que se repliega sobre sí mismo, subrayando la dimensión existencial de la partitura con su discurso novelístico. El gran musicólogo y amigo de Mahler, Guido Adler, afirmó que “nadie se ha aburrido nunca escuchando a Mahler, ni tan siquiera sus detractores”. La interpretación del pasado día 25 de marzo en el Palau de la Música de Valencia podría servir aquí de ejemplo.
En el segundo movimiento, con su carácter de danza deformada, resaltó la precisión rítmica de la orquesta. Altinoglu evitó caricaturizar este Ländler (danza folclórica tradicional de parejas originaria de Austria y Baviera), manteniendo un delicado equilibrio entre ironía y nostalgia. La hr-Sinfonieorchester demostró una versatilidad estilística notable, alternando rusticidad y elegancia sin caer en abruptos contrastes, pero manteniendo ese sabor mahleriano que Adorno compara con la acidez y el efímero aroma de las uvas Riesling, de las que se afirma que tienen “mordiente”.
En el Rondo-Burleske, quizá el movimiento más incisivo, la dirección se volvió más sobria, articulando las complejas texturas contrapuntísticas con nitidez, sin sacrificar la tensión de este movimiento, pero perdiendo también parte de su aspereza en una interpretación en la que primó la claridad. En el Adagio final, donde la interpretación alcanzó su máxima profundidad, Altinoglu construyó un bellísimo y amplio arco emocional, evitando el sentimentalismo fácil. Las cuerdas de la orquesta desarrollaron un sonido cálido pero contenido, logrando un final que no buscó el colapso dramático, sino una disolución casi serena. El silencio final tras el último compás duró menos que el minuto que sí se prolongó el pasado día 20 de marzo en la Ópera Antigua de Fráncfort, donde no fue interrumpido por aplausos; un final que esta sinfonía comparte con el “ewig” (eternamente) de La canción de la tierra, junto a la temática de la muerte y del más allá.
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