
No es por apuntalar aquí el leninismo musical reforzando las vanguardias, pero hacer avanzar cualquier arte o se hace por serendipia o se hace con esfuerzo. Me apunto a la segunda opción: investigación constante sin despreciar los hallazgos casuales. La inspiración ha de pillar trabajando a los creadores.
Es a lo que nos tiene acostumbrados este «sello musical», como decíamos hace años.
Para ser un gran improvisador sin red, o eres un kamikaze o un avezado instrumentista, y aquí tenemos tres personas de este segundo perfil.
Improvisar es una mezcla de «escucha» e «interpretación» en dosis inespecíficas. La atención constante es el vehículo principal en este —ya gran estilo musical— tan apartado del free jazz o la música contemporánea como de la experimentación electrónica, aunque tome prestados importantes elementos de estas tres modalidades.
Nos ofrecen ocho temas con el mismo título —Swedish Connection—, cambiando solo el ordinal, de I a VIII.
Un estilo que sustituye armonía y melodía por polirritmos y gestualidad sonora. La escucha en disco puede resultar difícil para un público mayoritario —no es el caso—, pero es de una vistosidad enorme en directo.
Directo más habitual en centros de arte actual y galerías que en auditorios y teatros, al menos en España, donde no hay apenas entidades y circuitos que se ocupen de esta modalidad. Los promotores públicos ni te contestan cuando les haces una propuesta. «Ni gratis», te dice algún gerente de esos macroespacios que nos gastamos por estas latitudes sureñas. En centro y norte de Europa, estos espacios cuentan con salas de cien o doscientos espectadores que son auténticos laboratorios de donde salen propuestas que van creciendo con los años hasta llenar las salas medias y grandes. No es teoría terraplanista; algunos lo hemos visto —y sufrido— en repetidas ocasiones.
Nuestros gestores musicales no contestan cuando los cachés aún son bajos y, años después, tampoco, porque su fama ya les permite solicitar cantidades importantes.
¿Quién pierde? El público, claro: esas personas que salen deprisa de los auditorios cuando se programa música de los últimos setenta años. Una música que se mueve principalmente en centros de creación plástica, escénica y sonora, algunas universidades y antiguos gabinetes sonoros de grandes emisoras de radio.
Es ya una música universal, sin fronteras, pero que se le oculta al público: una música única y siempre sorprendente, como dicen las líneas que acompañan al disco. Atrevida y atrayente.
¡Atrévanse!
Con el apoyo del Instituto Valenciano de Cultura.
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