Doce Notas

40 años después, ‘El holandés errante’ rompió el maleficio wagneriano

notas al reverso  40 años después, ‘El holandés errante’ rompió el maleficio wagneriano

Cuarenta años, un auténtico éxodo, han sido menester para que una ópera de Wagner recalara en la Temporada de Ópera del Teatre Principal de Palma. El holandés errante se encargó de romper este largo maleficio programático. Un hecho insólito en una isla donde la lengua del compositor sajón es cada vez más omnipresente.

Coincidiendo con el 40º aniversario de la Temporada de Ópera se esperaba con máxima expectación el primer gran título wagneriano que se sube a escena en la historia moderna del Principal. El resultado no entusiasmó, pero tampoco decepcionó, lo cual, tratándose del título en cuestión, bien puede considerarse un meritorio empate. Un trío vocal sólido, un rendimiento orquestal resolutivo y una propuesta escénica inconstante, pero con aciertos puntuales, permiten extraer una lectura positiva de esta primera experiencia wagneriana.

Atrevida fue, sin duda, la decisión de no programar pausa alguna en los tres actos. A juzgar por la ejemplar respuesta del público, un acierto. El holandés sonó de un tirón —dos horas y cuarto de música ininterrumpida— sin un solo conato de aplauso hasta el final, sin achaques de tos o deserciones en platea. En lo vocal, la obra fue de menos a más. Sabido es que las óperas wagnerianas se sustentan por los principales roles vocales. George Gagnidze (Holandés), Vazgan Gazaryan (Daland) y, sobre todo, Iwona Sobotka (Senta) salvaron con notable alto sus respectivos personajes. Destacaría, ante todo, los dos o tres escuetos pasajes en que cantan despojados de cualquier sustento instrumental.

Apenas unos compases de descanso tuvo Guillermo García Calvo desde el atril, en el auténtico tour de force que supone dirigir Wagner ininterrumpidamente durante casi 140 minutos. Muy convincente igualmente la catarsis final coral, donde coro y orquesta se entregaron con verdadero pundonor, mientras el cuerpo inerme e inerte de Senta se extraviaba en las profundidades de un fiordo noruego. ¿Sacrificio expiatorio o desvarío final?

La producción firmada por el regista argentino Marcelo Lombardero procede del Teatro Municipal de Santiago de Chile (estos mismos días se puede ver también en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo de Bogotá) y combina un uso bastante diestro de la videoproyección con una traslación a los años 1950 de la acción dramática más discutible. Diríase que otorga preeminencia al rol de Senta sobre el Holandés, como si este último existiera únicamente en el imaginario de la joven. Su quimera acaba siendo su perdición. Senta se autocondena a las profundidades abisales eternas, como su amado, pero en la dimensión vertical. Una particular interpretación de la (in)justicia poética, muy paritaria. Los catárquicos últimos compases de Wagner coinciden con la visión ingrávida del cuerpo de Senta a la deriva en la inmensidad del cosmos submarino.

Se entendía entonces el monótono tapiz marino inicial. Esa suerte de salvapantallas, como anotó buen amigo, que acompañó la obertura orquestal antes del Hojohe! Hallojo. Un piélago que esconde una doble fatalidad.

Los aciertos. Programar la ópera, lo primero. Un sexteto vocal bien nivelado; Laínez (Timonel) y Alejandro Roy (Erik) estuvieron asimismo muy metidos en sus papeles respectivos. La aparición espectral del buque fantasma con esos ojos de buey inyectados de luz siniestra. A falta del velamen rojo, el holandés aparece enfundado en una túnica roja (salvo una fugaz aparición de proa en el primer acto, al velero lo intuimos más que verlo).

Las imágenes del mar embravecido, la espectral aparición del holandés y su halo de misterio. La lograda omnipresencia del océano en el escenario, desde la izada del telón hasta la caída del mismo. La sensación de que la ópera evoluciona de menos a más. El sublime despliegue vocal en el dúo del Holandés y Senta (Wie aus der Ferne längst vergangener Zeiten) y en el trío (Verzeiht! Mein Volk hält draußen).

Los desajustes. No me convencieron, por el contrario, las dos grandes escenas corales. El recurso de las máquinas de coser Singer obliga a un hieratismo que no encaja con el Summß und brumm… Se echó en falta mayor agitación entre las coristas. Del mismo modo, en el Steuermann, laß die Wacht, sí hay dinamismo y hasta cierto punto originalidad, pero quizás se fuerza mucho el recurso del televisor como foco de atención. El principal escollo, a mi parecer, realizar incisiones en una leyenda redonda, que no requiere más aditivos.

La manía enfermiza de trasladar las acciones a épocas distintas deriva a menudo en el uso de imposturas poco verosímiles. El principal despropósito fue la pistola de la última escena. Un recurso tan innecesario como poco resolutivo: el salto a las profundidades noruegas ya aporta suficiente dramatismo.

Escuchando esta primera ópera maestra de Wagner, donde aún se intuyen las costuras que ensamblan los diferentes pasajes (arias, dúos, tríos…), asistimos también a la génesis de un nuevo modelo operático donde el flow se impone a cada una de las partes. Ni los tres actos ni sus respectivas subdivisiones se percibieron como tales. Y eso sí es un mérito global, de conjunto, de toda la producción. Desde el director, que no bajó la guardia al timón, hasta la orquesta, que por primera vez se enfrentaba a un Wagner desde el foso, pasando por los coristas y unas transiciones de attrezzo muy bien calibradas.

Las fidelidades, los maleficios, los enredos familiar-conyugales, el eterno femenino, las partidas, las peripecias, los retornos… Escuchada de nuevo la primera gran ópera de Wagner —creo que Klemperer la situaba entre lo mejor de su producción—, uno descubre en ella una encrucijada de mitos fáusticos, odiseicos, dantescos y escandinavos. El errar eterno de Ulises, la maldición mefistofélica, la fidelidad de Penélope, Fuenteovejuna en versión costera. El Mar del Norte bebe también del Mediterráneo, se diría. Hasta uno quiso ver a Obi-Wan Kenobi en la primera salida a escena del protagonista (Der Frist ist um, El plazo ha vencido). De todos es sabida la gran influencia que tuvo Wagner en la saga de George Lucas.

Ahora solo resta desear que la siguiente secuela wagneriana no demore otros 40 años, a lo sumo siete, como reza la maldición del eterno navegante flamenco.

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