Doce Notas

(Frank) Zimmermann vis à vis con (Frank) Martin y Pietari Inkinen con Ravel y Bartók

notas al reverso  (Frank) Zimmermann vis à vis con (Frank) Martin y Pietari Inkinen con Ravel y Bartók

Programa atrevido y no apto para todos los públicos. Seamos francos insertar la deliciosa Ma mère l’oye de Maurice Ravel antes de la partitura objeto de estreno – el Concierto para violín de Frank Martin- no juega precisamente en favor de la segunda. Y francamente la obra de Frank no es de las que entran por el tímpano de buenas a primeras, por muy comprometidos, compenetrados y competentes que sean sus intérpretes. Frank Peter Zimmermann, el joven director finés Pietari Inkinen y los sinfónicos baleares, aunaron oficio y entrega, pero las partituras novísimas también requieren un período de latencia y reposo.

No tomen, por tanto, muy en serio mis anotaciones a vuela pluma sobre mi primera audición del Concierto para violín de Frank Martin (1890-1974), y sospecho también de la mayoría de los presentes el 15 de enero en el Auditorium de Palma. Debo admitir que acudía al quinto concierto de abono de la Orquesta Simfònica de Balears muy ilusionado, anhelando el cara a cara de Zimmermann con su tocayo Martin. Admirador como soy de su ópera Le vin herbé y su música religiosa, estoy convencido de que la partitura merece una segunda oportunidad y una detenida escucha a conciencia.

La ausencia de indicación tonal en el título de la partitura es ya sintomática y no vaticina concesión alguna al gran público: por momentos el compositor suizo conquetea con la atonalidad. Especialmente en el segundo movimiento: denso, lúgrube y por momentos latoso. Aún así, contiene un pasaje central, que recuerda lejanamente a la cadenza del concierto para violín de Brahms. Pido disculpas por anticipado a los entendidos por la temeridad del comentario.

Más permeables y trepidantes son los dos movimientos impares: el primero sobre un recurrente movito de tres compases y el presto final con un fugaz fugato antes del arreón final. Me quedó sobre todo con la exquisita cadenza del primer movimiento, que Zimmermann ejecutó, quiero pensar (a falta de otras versiones de referencia), magistralmente. Pietari Inkinen y Zimmermann se han empapado de la obra, la Simfònica también se involucró lo suyo, pero a buen seguro ni el número de ensayos ni la complejidad de la misma facilitan que el amor a primera escucha aflore con una partitura de visos dodecafónicos.

Anteponer una perita en dulce como Ma mère l’oye de Maurice Ravel antes de la ignota partitura de Frank tampoco ayuda. Para amortiguar el impacto del estreno Zimmermann, viejo conocido ya de la Simfònica balear, con la que ha colaborado ya en un par de ocasiones, se sacó dos estupendas propinas de la chistera. Una transcripción del lied Der Erlkönig (El rey de los elfos) de Franz Schubert arreglada por Heinrich Wilhelm Ernst y un pasaje de Bach. Así pudimos escuchar al solista germano en tres registros bien diferenciados: estreno atonal, rareza virtuosística e introspección bachiana.

Hace poco más de un año el Auditorium de Palma acogió otro estreno nacional de una partitura concertante violinística. Entonces (noviembre de 2024) le tocó al insigne solista Gidon Kremer dar a conocer al público español el Concierto para violín del compositor Víctor Kissine. Dos solistas de primer nivel para sendas obras. Por todo ello es muy de agradecer el creciente atrevimiento de los programadores de la Orquestra Simfònica de Balears, más allá del gran repertorio.

Amalgama orquestal

Pietari Inkinen lleva por nombre el enésimo director de orquesta finés en saltar a la palestra. El plato fuerte de la velada lo conformaba el Concerto SZ 116 de Béla Bartók. Más conocido como Concerto para orquesta, la obra posibilita el lucimiento a las distintas secciones del contingente sinfónico. El joven escandinavo se conoce la partitura al dedillo y eludió casi el contacto visual con el atril. Exquisitos sonaron los fagots en el arranque del célebre Giouco dell Copie del segundo tiempo y no menos desenfadada la parodia Léhar-Shostakovitx del canallesco intermezzo interroto, el pasaje más conocido seguramente de este inclasificable collage orquestal, que intercala ritmos magiares con irreverencias sinfónicas.

La guinda del pastel en esta ocasión no cerró, sino al contrario abrió el concierto. La versión orquestal de Ma mère, l’oye (Mi madre la oca) con la que Inkinen y la Simfònica iniciaron la velada fue a la postre un postre anticipado. Siete contrabajos, celesta, glockenspiel, corno inglés y un amplio despliegue percusivo convierten esta breve suite sinfónica en uno de los más primorosos trabajos orquestales de Maurice Ravel. Cinco piezas para piano a cuatro manos revisitadas para hacer las delicias de cualquier orquesta que se precie. Inkinen y sus pupilos sacaron lustre a cada una de las incisiones instrumentales y la Simfònica rindió al nivel de una gran orquesta europea amalgamando las ensoñaciones de La bella durmiente, Le petit poucet, La emperatriz de las pagodas y La bella y la bestia. Pero bien sabemos, como se puso de manifiesto a renglón seguido, que la música del siglo XX no fue precisamente un cuento de hadas.

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