
En poco menos de una hora, Josep Colomé da vida a un repertorio de siete autores catalanes, cerrando con una Sarabanda de J.S.Bach a modo de síntesis del discurso que unifica el disco. No podía ser otro que Bach, entendido aquí como alfa y omega de toda la música culta occidental.
Colomé ha escogido para la ocasión una serie de autores que, desde el más joven –Francesc Guzmán, nacido en 1991– hasta el más antiguo –Gaspar Cassadó, del 1897–, representan casi lo más granado de la música catalana contemporánea. Al respecto, como muestra de la frescura del repertorio, se incluyen dos premières como son una pieza del prolífico Albert Guinovart, que título al disco, y una Ouverture del citado F.Guzmán. La primera es una obra de encargo de gran virtuosismo, endiabladamente difícil y que, por su complejidad técnica, habría hecho las delicias del mismísimo Paganini. Inquietante y nerviosa, se sirve de unas leves pero reconocibles reminiscencias bachianas para subrayar un poco más la esencia conceptual de todo el disco. En cuanto a la aportación de Guzmán, tan expresiva como violenta en sus formas, discurre con mucha fuerza, pero queda algo ensombrecida por las piezas que le proceden: la de Guinovart y dos veloces y brevísimos Capricci de Jordi Cervelló.
Sigue un corte sorprendente: París 2002, firmado por el también violinista Pep Massana. Se trata de una pieza descriptiva que recrea una visita fugaz a una pequeña iglesia en la que los monjes rezaban en absoluto silencio mientras el viento soplaba por las rendijas. Lo que a priori debiera llevar a pensar en contrición y recogimiento, arranca en realidad con un inicio de aires hebraicos con las características notas de la tradicional Misirlov. Después, el autor hace un brillante repaso por diversos motivos musicales fácilmente asociables con algunos momentos evolutivos de la cultura musical que cultiva el alma cristiana, hasta alcanzar un profundo silencio que contrasta con la sensible pieza que Josep Soler dedica A Matilde. Construida ésta sobre una larga melodía infinita que va evolucionando mínimamente, presenta una rica contrapartida con la siguiente composición de la secuencia.
Es ésta una suite en tres partes que Salvador Brotons compuso a partir de los versos finales de la misa de Gloria. Aquí, Brotons destaca más el dramatismo que el intimismo místico, creando una obra de gran intensidad. El autor pasa por todos los registros emocionales (Furioso, Lento, Calmo) desde el momento inmediatamente anterior a la muerte hasta la paz celestial, con el bordón de una nota agudísima y delicada como el cristal. La interpretación magistral de Colomé refuerza aún más las impresiones que inspira esta soberbia Et in terra pax.
La última de las piezas escogidas antes del broche bachiano es una repesca del violonchelista Gaspar Cassadó: Intermezzo et danse finale, arreglada por el propio Colomé. Pieza muy pautada y vivaz, de raíces fallescas, presume de una teatral expresividad que no encaja del todo en el conjunto anterior.
En definitiva, un notable ejercicio de virtuosismo, de contenido sabiamente elegido y muy meditado. El violí invisible es, asimismo, un catálogo perfecto de representantes del alma musical catalana del último siglo y principios del presente que sin duda debe disponer de un espacio reservado en las estanterías de todo/a buen/a melómano/a.
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