RCSMM Y EL GRADO SUPERIOR

Penúltimas voluntades (Quasi una fantasia)

16/12/2010

El pasado 26 de noviembre, con motivo de la festividad de Santa Cecilia, Jacinto Torres Mulas, catedrático de Musicología y miembro de número de la Real Academia de Doctores de España, pronunció una clase magistral en, y sobre, el Real Conservatorio Superior de Música de Madrid.

Publicamos aquí la introducción y las conclusiones de esta clase magistral y facilitamos el enlace al artículo, publicado en 1988 en la revista Scherzo, en la que estaba basada la intervención.

Autoridades, colegas, alumnos, señoras, señores,

Vuelvo, quiero creer que estoy volviendo/con mi peor y mi mejor historia;/conozco este camino de memoria,/pero igual me sorprendo.

Todos estamos rotos, pero enteros,/diezmados por perdones y resabios,/un poco más gastados y más sabios,más viejos y sinceros.

Vuelvo de buen talante y buena gana,/se fueron las arrugas de mi ceño,/por fin puedo creer en lo que sueño:/estoy en mi ventana.

Veo, con satisfacción que no he de disimular, que algunos han reconocido estos versos, en efecto, de Mario Benedetti. Y he querido comenzar con ellos mi discurso porque es ésta mi primera intervención pública en este conservatorio del que, a partir de este mismo curso, ya no formo parte de su claustro de profesores. Por eso la alegría del regreso.

Ahora tomo el sol, pero hasta ahora trabajé sin descanso durante cuarenta y siete años, cuarenta de ellos como docente, hasta que las actuales circunstancias me han decidido a optar por la jubilación anticipada.

En todos esos años –mis alumnos pueden dar fe de ello– nunca les he leído los temas en clase, salvo la cita o el comentario de textos ajenos. Cuanto de propio tenía que decirles, lo he hecho siempre a base de un guión bien preparado que, si llegaba el caso, modificaba sobre la marcha a tenor de cómo iba observando yo su percepción del asunto. Pero en esta ocasión me habrán de permitir que sí lea mi propio texto; y luego verán por qué:

“Durante el tiempo, ya lejano, en que tuve a mi cargo las clases de Historia de la Música, y más recientemente como titular de la Cátedra de Musicología en este Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, he tenido por norma invariable comenzar la primera clase de cada curso con una advertencia general al nuevo alumnado.

Después de señalar los objetivos y límites de nuestro trabajo académico, tras aludir a las fuentes, instrumentos y técnicas auxiliares del mismo, tras referirme por anticipado a las diversas escuelas y teorías, sus respectivos criterios especulativos, los procesos metodológicos y los fundamentos ideológicos que explican el hecho musical y su entorno, siempre insistí con vehemencia en recomendar el mayor cuidado para no equivocarse en lo principal: la MÚSICA es lo que suena; lo demás son sólo palabras sobre la música…”

… Hasta aquí la lectura del texto que mencioné al comienzo. Trata, como han podido comprobar, de algo que nos concierne directísimamente, de algo muy actual. Sin embargo, no lo escribí ayer, ni anteayer, ni la semana pasada. Con apenas el cambio de algunas palabras para adecuarlo a la presente ocasión, ese texto está pensado, escrito y publicado, negro sobre blanco, hace exactamente veintidós años, y si alguno de ustedes tiene la curiosidad de comprobarlo, lo podrá encontrar en la revista Scherzo , oct. 1988, p. 84-86: “La música es lo que suena”, dosier “Educación musical”.

¿Que ha ocurrido, o qué ha dejado de ocurrir, a lo largo de estos veintidós años, que parece que todo sigue igual? Y digo ‘parece’ porque la situación no es exactamente la misma. Es probablemente peor. Se han perdido más de veinte años en falsas expectativas, actitudes personalistas, fuegos artificiales, egoísmos y engaños variados que han conducido a esta ceremonia de la confusión en la que hoy chapoteamos.

Está por ver si el más reciente capítulo de este caminar de la nada a ninguna parte sea el decreto de la Comunidad de Madrid publicado el día tres de este mismo mes, que establece nuestra dependencia burocrático-administrativa de una Subdirección específica en la Dirección General de Universidades, sin que tengamos certeza de cuáles hayan sido los motivos reales de su creación, cuáles sean sus propósitos concretos y cuál haya de ser el horizonte al que apunta su gestión.

Conviene no olvidar a este respecto que nuestro gobierno regional en los tres últimos años ha venido recortando los presupuestos para la universidad pública hasta en 82 millones de euros, a pesar de que sus costes pueden llegar a ser hasta ocho veces menores que los de la privada, alentada y favorecida desde el gobierno de nuestra comunidad. Y si parece prudente dar un margen de confianza a esta nueva situación, no es cosa de dormirse en los laureles y seguir dejando pasar el tiempo.

Que veinte años no es nada, pero mientras tanto, este conservatorio ha estado
labrando su propia ruina, concienzudamente, durante lustros. Poco podía esperarse, en efecto, de una dirección embarcada en un ensimismamiento suicida, con la actitud del que desprecia cuanto ignora y su tosca hostilidad hacia la inteligencia, apostando por una ficción de asociacionismo y arrogándose una representatividad que resultaba ser no ya dudosa sino directamente falsaria, mientras todos los indicadores apuntaban a la urgente
necesidad de tomar iniciativas vigorosas ante las evidencias de postergamiento de nuestra función pública en beneficio de los intereses de la iniciativa privada.

De aquellos polvos de miseria intelectual y moral vienen estos lodos, de manera que poco también cabe esperar de su sucesora, la dirección actual, correa de transmisión de los dictados de la burocracia y en permanente estado de subnormalidad. Porque de ningún modo puede considerarse ‘normal’, entre otras cosas, la aberración jurídica, laboral y pedagógica de que casi el ochenta por ciento del profesorado de este conservatorio ejerza en condiciones de provisionalidad.

Un profesorado que, excepto casos tan meritorios como excepcionales, ha venido actuando entre el pasotismo, el disimulo, el oportunismo y la complicidad, y que, en su conjunto, se ha caracterizado por su pasividad y mansedumbre (por decirlo con un eufemismo), algo que sólo podría disculparse en parte por su condición de rehenes de una situación profesional que muchos ven como dependiente del capricho o la arbitrariedad de su patrono.

Y un alumnado distraído que, salvo puntuales excepciones, calla y está como ausente. Poco que esperar también, más allá de la teatralidad de sus inocuos amagos, de esos sindicatos que comen el alpiste de la mano del amo. Sé perfectamente que esta perorata resultará incómoda para muchos, pero la realidad es terca, y esto es lo que hay.

Mas, a pesar todo, no deberíamos ceder al desaliento, no hemos de pensar que estamos en un callejón sin salida. Yo quisiera, créanme, que este discurso se pareciese al Concierto para orquesta de Bela Bartok, con su inicio sombrío y su final luminoso, aunque no me sea fácil escribir la coda.

No suelo pecar de optimista, pero tal vez tenemos una oportunidad en el diseño de la nueva ordenación de las enseñanzas, de cara al denominado espacio europeo de educación superior, por más que en el fondo eso no signifique más que la sumisión del conocimiento y el saber a los intereses del mercado.

Creo, en cualquier caso, que vale la pena el esfuerzo de hacer saber a nuestros gobernantes que la música debe seguir siendo algo más (y nada menos) que pasatiempo de élites, refugio de burócratas, escala de oportunistas o zoco de mercaderes. Hay gentes capaces y hay voluntad de superación para que las cosas cambien.

No vale escudarse y justificar la pasividad o la cobardía diciendo que las cosas son como son, que el mundo es así. No, el mundo ni es así ni deja de serlo, es como nosotros lo hacemos, cada uno de nosotros, con nuestras acciones, con nuestras omisiones. Y si actuamos bien, juntos mejor.

Hoy, en este tiempo de crisis fabricada por unos pocos para su beneficio, a costa del sufrimiento de tantos, cuando negros presagios agitan los aires y nubes oscuras nos impiden ver cuál es el camino mejor para defender nuestras razones, tomemos la iniciativa, sumemos esfuerzos, agrupémonos todos en esta penúltima lucha.

Yo poco más tengo que decir, y sí mucho que hacer; obras son amores, que no hay más ley, que son las obras. Con amor, con amor y pedagogía, como traté siempre de conducir mi carrera docente, quiero modular la despedida.

Más allá de alguna palabra altisonante, de alguna súbita disonancia sin preparar, también yo cultivo una rosa blanca para el amigo sincero que hoy atiende a mi discurso. A él y a todos, y en especial a aquéllos con quienes en alguna ocasión haya compartido alguna alegría, os deseo lo mejor
que puedo desearos:

Salud y Libertad.

Madrid, 26 de noviembre de 2010

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