MADRID | Fundación Caja Madrid

Bach en “Kajania”

Conciertos singulares

Jorge Fernández Guerra - 21/03/2012

El morboso y dulzón aroma a fin del mundo que se está instalando en la vida musical del país brinda, paradójicamente, citas inolvidables, conciertos cuya intensidad, que habíamos olvidado, casi duele.

El perro de Goya, imagen del cartel del XX Ciclo del Liceo de Cámara.

El perro de Goya, imagen del cartel del XX Ciclo del Liceo de Cámara.

Ayer (14 de marzo) se celebraba la sesión número diez del Ciclo Liceo de Cámaraen el Auditorio Nacional de Música de Madrid. Este ciclo, del que los ruidos sobre su desaparición llenan plazas y mentideros, alcanza este curso la vigésima edición.

Dos décadas ofreciendo música de cámara de la mejor ley y creando un público que, a tenor de lo que se escucha en pasillos y descansos, comienza a ser invadido por la angustia. “¿Será posible que esta maravilla desaparezca? Algo habrá que hacer. Habrá que hablar con alguien. ¡Pero si para una fundación bancaria esto es el chocolate del loro!” Comentarios similares comienzan a ser omnipresentes entre los adictos. Ellos suelen ser más bien finos y no dicen cosas como “chocolate del loro”, eso es una traducción mía; pero, más o menos, no dejan de expresar cosas parecidas.

Lo último de lo último
Para redondear la profecía autocumplida, la edición de este año del ciclo, la “última” si Apolo no lo remedia, se acoge al lema “Opus ultimum”. Luis Gago responsable artístico de la serie, ha diseñado una temporada de exquisitos mimbres, obras terminales de grandes compositores, esas obras que recogen la quintaesencia y el aliento postrero de los más grandes de la historia.

O sea, que todo anuncia el temido “apaga y vámonos”, pero entre temblores musicales que conmueven hasta el tuétano. Y para que esto tenga una traducción adecuada, solo se precisa de grandes intérpretes, lo que siempre ha tenido el ciclo.

Vayamos al concierto número diez, el de ayer. Música de Johann Sebastian Bach, con un pequeño añadido de su hijo, Carl Philip Emanuel. Los intérpretes eran un quinteto barroco: los hermanos Sepec, Daniel y Patrick que tocaban violín y violonchelo respectivamente, junto con la también violinista Christine Busch, el flautista Michael Schmidt-Casdorff y la teclista Christine Schornsheim (clave y órgano positivo). No hará falta repetir que todos tocan instrumentos “antiguos” y con técnicas adecuadas al estilo y la época.

El programa gravitaba sobre la monumental Ofrenda musical. Pero con una primera parte variada. En primer lugar, una sorprendente serie de cánones sobre las ocho primeras notas del bajo del Aria inicial de las Variaciones Goldberg. No había oído nunca estos cánones que no dejan de parecer académicos pese a la inmensa maestría contrapuntística de Bach, pero académicos más por lo fragmentario y gradual de su disposición, así como por la brevedad de ese cantus firmus de ocho notas, que por la ausencia de poesía y lirismo. En todo caso, un aperitivo suculento para un bachiano irredento, como yo y seguramente muchos más en la sala.

Luego le tocaba el turno a las Variaciones canónicas sobre Vom Himmel hoch da komm ich her, en rigor, solo las cinco primeras variaciones en una instrumentación preparada por Andreas Tarkmann del original escrito para órgano. Esta obra forma, junto con la Ofrenda musical y El arte de la fuga, la triada sublime de las grandes “summas” contrapuntísticas del Bach tardío. La compuso para su ingreso en la Sociedad de las Ciencias Musicales de Mizler, en 1747, el mismo año de la composición de la Ofrenda musical, y tres antes de fallecer. Es, desde luego, una obra magistral de la que recuerdo especialmente la fabulosa orquestación que realizó Stravinsky, también él en sus últimos años.

Y para completar la primera parte, la aportación extravagante del concierto, la Fantasía para violín y clave en Fa sostenido menor, H, 536, de Carl Philip Emanuel Bach. No deja de ser una ruda prueba para el más famoso de los miembros de la familia Bach en vida la de verse confrontado a la sublimidad de las obras finales de su padre. Y, desde luego, una sorprendente lección del paso de los años, las modas y las maneras. Obra curiosa, chispeante por momentos y muy representativa de un compositor que busca su propia identificación, frente a la del inalcanzable genio del padre, representante excelso de toda la música. Pero también tenía su lógica la presencia del hijo en un concierto cuya corona era la Ofrenda musical.

Cuando el Rey es músico…
Esta obra faro es una de las mejor documentadas de ese periodo final del maestro. La razón es que su circunstancia histórica llenaba de orgullo a todo el clan Bach, y así fue transmitido a su primer biógrafo, Forkel, quien redactó la semblanza del maestro medio siglo después de su muerte a partir de recuerdos debidos a los hijos mayores de Bach, Carl Philip Emanuel y Wilhelm Friedemann especialmente.

La anécdota es bien conocida, Carl Philip Emanuel era clavecinista en la Corte de Federico II “el Grande” de Prusia desde 1740. Siete años más tarde, el padre fue invitado a la Corte y conducido a probar los instrumentos del “Grande” y a tocar con su capilla de la que él era el flautista. La leyenda reza que el Rey le dio un tema para improvisar, lo que hizo ampliamente. Pero, tras su vuelta a casa, Bach sintió que no había sacado todo el partido posible al tema real y compuso la magistral colección de piezas (cánones, un ricercar, una fuga a seis y una sonata) ofrecida posteriormente al Rey.

No es sencillo interpretar esta pieza, que pide cuatro instrumentistas de excepción de los que al menos uno debe ser un flautista que evoque el instrumento que interpretaba Federico de Prusia. Tan poco sencillo es que yo mismo no recuerdo haberla escuchado en vivo, pese a conocerla de memoria por interpretaciones caseras (solo o acompañado), centenares de escuchas en grabación y lecturas de análisis de la partitura hasta el desánimo. Es curioso que un músico capaz de reducir la autoestima de cualquier aprendiz de compositor hasta la de un meritoriaje perpetuo no resulte, sin embargo, desmoralizador.

Pero, yo ayer estaba de oyente, degustando los últimos impulsos creativos del más “grande”, en un ciclo musical que todos dan por finiquitado cuando acabe este curso y con un clima de melancolía terrible y delicioso a la vez. Sin duda, todo ello potenciaba ese inefable sabor espeso de lo que concluye. Si, además, el concierto es excelente por parte de los músicos, la suma puede ser un cóctel explosivo. Y lo fue: una música excepcional y que, como todas, uno no puede asirla para quedarse con ella para siempre, una música que, como la vida, se escapa de las manos según fluye; y todo dentro de un ciclo que, si se cumplen los negros augurios, se irá también (como Parsifal) dejando un hueco de dos décadas de excelencia y la sensación de inutilidad de tantos esfuerzos realizados para que este país tuviera música de cámara regularmente, de la mejor factura y fresca como los frutos de la tierra.

El pasado espera
Si así son las cosas, uno se queda sin aliento ni respuesta. Este era un ciclo privado, a cargo de la Fundación Caja Madrid, cuya labor desde que tengo uso de razón había sido el contrapeso necesario a los a menudo titubeantes esfuerzos de la Administración Pública en el apoyo a las instituciones musicales. Por más grave que sea la actual crisis, no nos habíamos acostumbrado a pensar que nos hiciera retroceder más de cuarenta años. Se siente uno como si jugáramos a la Oca, y que a punto de entrar en meta nos tocara retroceder a la casilla de salida. La Administración Pública nos dice que es la hora de los privados, pero éstos abandonan una nave que era su marca de calidad y la supuesta alternativa a las penurias públicas.

¿Dónde están aquellos gigantes, con sus claroscuros, que desde una España mucho peor que esta, nos hicieron concebir la idea de que la cultura musical debía ser un proyecto de sociedad? ¿Dónde están los Sopeña, Enrique Franco, Fernández Cid, Antonio Iglesias…, aquellos que, sin esconder una patita “antiguo régimen”, eran capaces de tronar porque España alcanzara una normalidad musical que ahora se desvanece sin aparente resistencia?

¿Me estaré volviendo un nostálgico de los que dicen que todo tiempo pasado fue mejor? Hasta ayer mismo lo hubiera rechazado vigorosamente, cualquier momento del pasado era peor que el que le sucedía. Y sin grandes milagros, con el músculo de la normalidad, el país subía empujado por los impulsos de cada generación que mejoraba a la anterior. Pero ahora en que, bajo el signo de que “nada volverá a ser como antes”, el único horizonte que se nos brinda es el de la vuelta a los sesenta, y si no nos gusta nos ofrecen los treinta, ya no sé qué pensar.

Lo que sí sé es que los conciertos de este fin del mundo, de esta Kakania hispana que nos mueve el suelo bajo los pies, tienen un sabor extraordinario, se aprovechan hasta la última brizna y nos recuerdan que lo bueno, lo mejor diría yo, es lo que sucede ahora mismo. Después de todo, esa es la esencia de la música. Y, como decía el romance popular tantas veces musicado, “…que mañana ayunaremos.”



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